La dignidad de un pueblo

Estuve en Santiago de Chile; al recorrer sus calles, me sentí invadido por diversos sentimientos: incertidumbre, desesperanza, temor y, finalmente, una gran desazón al pensar en el futuro de la civilización actual. Esta ciudad retrata de cuerpo entero la profunda conflictiva que vive el ser humano en este momento de su evolución. La revolución social se ha extendido, cual epidemia, por la mayor parte del mundo, y son pocos los países que no han padecido las consecuencias del inconformismo colectivo. Las preguntas que se deben hacer los analistas de la situación presente son: ¿qué está sucediendo y cuál es el origen de este malestar generalizado? Como todo fenómeno humano, las determinantes son múltiples; y no es mi propósito abarcar todas las variables, sino de manera muy específica, las que me conciernen como especialista del comportamiento individual y colectivo.

Para medir el nivel de desarrollo de un país se considera la capacidad que este tiene para generar riqueza. Se habla, entonces, del PIB (producto interno bruto). Cuando se analiza en el mapamundi, se observan unas oprobiosas desigualdades entre los países de Europa, EE. UU., China y Japón, y los situados en la “periferia”: Latinoamérica, África, Asia y resto del mundo. La empresa de servicios financieros, Credit Suisse Group, recientemente elaboró un informe sobre la distribución de la riqueza, y encontró lo siguiente: el 0.7 % de la población detenta el 45.2 % de la riqueza mundial, ¡y el 71 % restante tiene apenas el 3 %! La injusticia, la discriminación, la falta de oportunidades laborales, en salud y en educación, han sido el detonante para que millones de personas se levanten y protesten en contra de un sistema que les niega las más mínimas oportunidades de subsistencia.

Ese descontento fue lo que percibí en Santiago de Chile. En la antigua Plaza Italia que ahora han bautizado como Plaza de la Dignidad, se reúnen hasta un millón de personas que exigen  un cambio estructural en el funcionamiento del país. El economista Alfredo Sfeir Younis, uno de los más agudos analistas y conocedor de la realidad de su país (además candidato a la presidencia en años pasados), plantea que se requiere un cambio fundamental: que las políticas públicas estén encaminadas a conseguir el bienestar humano y a preservar el ambiente. Declara que no se puede medir el desarrollo por indicadores económicos y que se necesita de manera urgente una política con mayor contenido espiritual y centrada en el ser humano. Mientras esto no sea una realidad, persistirá el inconformismo en la gran mayoría de las personas que no tienen nada que perder y sí mucho por lograr.   

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