Una herencia de amor que no se olvida

Que suerte he tenido de nacer de una herencia labriega y defensora de los derechos humanos, de la vida y ser  hija del peón  sin arados, sin parcela, sembrador incansable en surco ajeno, en tierras de esclavitud que nunca fueron suyas, el primer defensor de los derechos, que conocí desde niña y quien  me enseñó con obras y su ejemplo, la infinita grandeza que conlleva la lucha por los otros, por la igualdad y la justicia.

Por el anciano cansado del camino, de pasos lentos y mirada incierta. Por los niños y niñas sin futuro, sin pan y sin abrigo. Por la humilde mujer excluida de todo y enfrentada al rechazo y al olvido.

Por nuestra herencia hermosa y ancestral, hoy en peligro.

Por esta sagrada patria que con dolor hoy vemos mancillada y vencida, por quienes se han propuesto extinguir su legado, sus raíces .

Fuimos  hechos aquí en esta tierra que con amor y fe hoy defendemos, con genes de mujer, de esa que con solo una cama y una mesa, construye hogares de amor y de grandeza.

La que recibe  esperma en sus entrañas y lo convierte en hijos de esta patria querida, engendrados con simiente de hombres de dignidad y honra que entregaron de si lo más supremo.

El horizonte es oscuro pero hay una luz inmensa que se abre camino: son los retoños nuevos de este árbol frondoso que se llama Colombia. En ellos reposa la semilla de una patria, honrada y digna donde puedan surgir generaciones que esparzan sin descanso semillas de respeto, de honradez, de equidad y justicia y puedan rescatar los derechos que en tantos años de indolencia nos arrebataron del alma ciudadana que nos honra y distingue.

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