Si algo ha demostrado el alcalde Juan Pablo Gallo, para marcar distancia con lo que venía, ha sido su carácter.
Ha ejercido el cargo con voluntad propia y ajena a acciones tibias enmarcadas dentro de los pactos de conveniencia sembrados. Sin duda pero con valor. Gallo es un alcalde serio, responsable.
Ha mostrado autoridad así la vean como un exceso. Tiene control sobre el gabinete y ejerce acciones rápidas para administrar. Incluso, no le ha temblado la mano – menos la voz – para colocar mucha gente en su sitio. No ha sido penoso títere a prueba o rehén del daño ambiental politiquero que circunda esta Villa floreciente.
Ahora, espesos malquerientes, han visto los puntos oscuros en hechos positivos para la ciudad. Le salen a todas como tratando de embestirlo. Muchos de ellos poseídos por la fuga de poder político y otros extraviados por venganzas personales extremas. No ha cedido a extrañas peticiones domésticas que lo que hacen es colocar obstáculos para armar revanchas como si el poder fuese un establo. ¡A todos les ha mostrado espuelas!
A sus amigos cercanos, les llueven críticas ensambladas en odios momentáneos como estallidos del déficit administrativo pasado. Pequeños francotiradores levantan sus armas y crean barricadas fantasiosas para dispararle al gobierno en movimiento que hoy se tiene.
A Gallo no le perdonan su irrupción fuerte en el espectro político, hasta el punto que un hecho normal como la elección del director del Área Metropolitana, le crean un cisma mediático. De alargue e ironía entre quienes le bostezan para llamar la atención sin éxito posible.
Ha hecho mucho para tampoco tiempo. No se trata de correr para resbalar sino para acertar. Se ha tomado tiempo corto con prudencia en obras proyectadas, por anteriores gobiernos, para no caer al vacío.
Está en contacto con la gente en un circuito ciudadano que mide el pulso de cómo gobernar de manera directa. Está ahí. Eliminó los intermediarios y se arroja con decisión para abrir su administración y ayudar con realidad en las respuestas de urbe. En la conexión estado – gobierno. Eso crea urticaria. Dolor de estómago que no les ha permitido digerir la ciudad de fondo que se piensa y comunica.
Muchos no querrán ver el molino de viento, el fresco, las nuevas voluntades que asoman en cargos públicos para colocarle una velocidad real a los tiempos presentes. No hay una mirada integral al plan de desarrollo en marcha, por parte de unos críticos pasajeros cuya argumentación escasa limita respuestas serias.
Pereira vive su momento. Cerrarle el paso es ir como el piloto a ciegas que cae en las profundidades del poder y le paraliza su vuelo.
Hacer comprensible el esfuerzo colectivo de gobierno, es maniobrar en directo para evitar dolores de estómago más que de cabeza.



