Volvámonos para primero

Siempre me ha parecido maravilloso todo lo que tiene que ver con el saber. Mis Maestros me parecieron sabios, buenos, inmensos. La escuela me atrajo de una manera inexplicable. Allí se reunían un montón de fantasías, de promesas. Todo lo que sabe a escuela me transporta hasta un pasado de recuerdos nuevos que nunca han salido de mi mente, de mi alma.

Allí en aquella escuelita rural donde hice primero de primaria, se fueron quedando pedazos de casa, de tierra fresca; de caminos sin guerras ni envidias, sin soledades y nostalgias. Allí se fueron quedando impregnadas, en todos mis ayeres y en mi infancia, las letras que una a una y de a poco me fueron dando mensajes inolvidables.

Entonces, sólo comparaba mi letra deforme con las letras limpias y relucientes de mi maestra, pero, en fin, en la mía también decía lo mismo que en la suya, sólo que aquella era de mostrar, plena, imponente. Lo único que ahora sé, es que aquel aprendizaje de su sonido, de su cadencia y ver, con asombro, como se juntaban y podía con ellas formar tantas palabras, fueron construyendo en mi un tesoro maravilloso que con el paso de los años se fue haciendo mas grande, mas valioso.

Si bien allí, aprendí a dibujar las letras y a distinguir su sonido y su forma, fue un algo más, revuelto con cafetales, azadones y mimos; confianzas y abrazos como todo esto se fue haciendo palabra en cada palabra, poema en cada abrazo, fantasía en cada historia y deleite en los cuentos maravillosos de los peones al caer la tarde y de mi padre, labriego sin tierras, en cada oportunidad, en repetidos momentos. Fue entonces, aquella escuelita, las anécdotas vividas y los ejemplos recibidos, lo que me hicieron débil a las palabras y vulnerable al influjo de su grandeza.

Pasar de la escuelita rural a la escuela del pueblo, constituyó un año después, otra aventura fascinante, ya que era un nuevo mundo. El camino se transformó en asfalto; la colina en parque; la escuelita en una vieja casona reluciente, imponente y hermosa; el pastizal en patio de recreo y aquella maestrica rural que no he olvidado, en una señora seria y rígida a quien le tenía miedo y afecto.

De aquel lugar, recuerdo que una vez más me exigían una letra legible, linda y de estilo que nunca aprendí y los intentos por lograrlo, impresos en un viejo calígrafo testigo de mi tortura, de mi miedo.
Las planas me aburrían, pero había que presentarlas y de tanto repetirlas me fueron mostrando otras caras más amables y gratas.

No aprendí a escribir, aprendí a hablar con el lápiz; y yo entendía su lenguaje en los borrones, los tachones y el desorden y todo aquello que no era permitido. Quizás por ello, por recuperar mi identidad, mi libertad de decir lo que quería, las palabras se fueron anidando en mi alma y en mi vida.

Al terminar la primaria podía hablar en público sin sonrojarme y sin orinarme, y responder el examen sin sentido y vacío de ios Supervisores de entonces que necesitaban conocer cuánto sabíamos y con ello calificar a la maestra. En fin, cuando llegué al bachillerato, ya las palabras escritas no me eran ajenas ni distantes, aunque continuaba mi tortura con la letra; letra que para mí, era la voz del corazón cuando sentía pesar por mis malos comportamientos; ganas del abrazo, del perdón, de la caricia. Era la voz de mi silencio cuando no podía gritar, la voz de mis soledades de adolescente, la voz de mis rebeldías y de mis sueños; cuando con ella podía tener lo que de otra manera me era imposible, y escribía, y escribía todo. Escribía y rompía por miedo a la censura de mi casa, de mis maestros y así: escribiendo y destruyendo, soñando y gritando en silencio, las palabras se  fueron incrustando cada vez más  en mi alma y en mis rutinas.

Entre aquella tortura de escribir bien y la alegría de decir lo que deseaba, fue apareciendo mi interés por la lectura. Ella me contaba lo que no conocía. Me abría otros mundos. Me reconciliaba con el amor y me mostraba paraísos hermosos, desconocidos. Me acercaba a los otros al reconocerme valiosa en aquellos que teniendo mis mismos problemas y privaciones, supieron llegar lejos. Me hicieron madre sin aun serlo y me devolvieron a la tierra que tanto he querido. Me mostraron mundos fantásticos, placeres deliciosos, que si quería los podía disfrutar en cada pecado de leer, y digo pecado, porque muchas de mis lecturas, de mis escapadas en los libros fueron para los míos: ateísmos, pasiones, reniegos, rebeldías, deshonras, lo que ellos no sabían era que en esas lecturas se escondía una riqueza infinita, inagotable, en medio de nuestra escasez y desventaja.

Hoy, al saber y comprender los maravillosos beneficios de la lectura y la escritura, de saborear las gustosas esencias de su poder y al comprobar su importancia en nuestra vida, pienso en lo bueno que sería poderme devolver para primero y detener el tiempo y encontrar los recuerdos, los caminos perdidos, el cafetal, la bandera ondeante en el cielo azul y soleado de mi Churimales: la vereda donde aprendí a leer y a escribir, el padre ausente, la madre de manos de mariposa y corazón generoso, los amigos de entonces; la maestra primera que nunca se olvida y empezar a hacer otra vez  planas de caligrafía  llenas de colores, de errores que edifican, que construyen; que enseñan que repetir es parte del aprendizaje, que corregir es propio de personas de bien que quieren enderezar y perfeccionar su actuar, su vivir, que trazan la ruta de lo que somos y permiten construir y mantener nuestras raíces ya olvidadas con mensajes de paz, hermandad, de dignidad y de honra.

Volvámonos todos para primero, quizás allí podamos encontrar el camino que se borró en pasados y que nos tiene alejados de la patria, del hogar, de la gratitud y del respeto, de la honestidad y la ternura.

Volvámonos para primero y aprendamos allí, sin perder la maravilla y el asombro de la escuela primera, sin olvidar nada, que la palabra tiene poder, que en ella hay vida o muerte, que ataca y defiende, que ama y rechaza, que distancia y acerca.

Dejemos que las palabras de guerra que ahora incendian nuestra patria  sean reemplazadas por palabras de esperanza, por actos de fe en los demás, de respeto, de convivencia sana y pacífica, esas que necesitamos para volver a empezar, para volver a ser los colombianos de bien hoy amenazados por  enfrentamientos y discordias.

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