• Estos candidatos nos están dando tres vueltas

    El sistema de las dos vueltas para la elección presidencial que consagró la Constitución del 91 ha quedado totalmente desfigurado en la práctica política de la democracia colombiana.

    Para superar el bipartidismo que hizo crisis en los años 80, la Asamblea Constituyente estableció el sistema de la doble vuelta presidencial para lograr canalizar el surgimiento de un nuevo pluralismo que nacía con el fin de darle expresión política a la diversidad de partidos que surgirían a propósito de la ampliación del espectro democrático.

    Dos búsquedas orientaron su definición: más legitimidad y más gobernabilidad. Fue por eso que se estableció una primera vuelta en la cual se midieran los candidatos que llegaran en representación de sus partidos o por firmas, y después, una segunda vuelta disputada por los dos candidatos más votados. Por ello, el momento clave del diseño original es el que transcurre entre la primera y segunda vuelta, porque allí se dan los acuerdos entre las distintas fuerzas que se agrupan alrededor de una de las dos opciones finales. Con razón se dice que en la primera vuelta se escoge y en la segunda se elige.

    El sistema de la doble vuelta se basa, por supuesto, en una obviedad: la existencia de partidos y candidatos o, mejor, de partidos con candidatos.

    Ahora, resulta que los candidatos decidieron convertirse en precandidatos de unas consultas interpartidistas. Ya no son los partidos ni los ciudadanos a través de firmas los que definen a sus candidatos sino las consultas montadas sobre las maquinarias electorales de las elecciones parlamentarias las que terminan estableciendo quién es candidato y quién no lo es.

    Se inventaron una primera vuelta antes de la primera vuelta constitucional, dejando así la primera vuelta constitucional en una segunda intermedia para pasar a una segunda que se convirtió en tercera.

    Todo parece un fraude urdido contra la arquitectura original de la Constitución de 1991.

    El más claro ejemplo de este fraude ocurrió en las elecciones pasadas, las de 2018. Allí, Petro se inventó una consulta para “competir” con Carlos Caicedo, actual gobernador del Magdalena.

    Fraude, comenzando porque fue una consulta que no fue consulta. Para nadie era un misterio que iban al juego con las cartas marcadas. Nadie dudaba que Petro le ganaría a Caicedo. El resultado habla por sí solo: Petro, 84 por ciento de los votos, y Caicedo, el 16 por ciento.

    Luego, si estaba claro que Petro ganaría, para qué hicieron, entonces, la consulta. Muy sencillo, porque abusando del sistema electoral nos pusieron a los colombianos a pagarles la reposición de los votos del tremendo papelón. Con la sola jugadita de la consulta Petro-Caicedo, los colombianos tuvimos que sacar del presupuesto nacional varios miles de millones de pesos para pagarles.

    Resulta que en lugar de amonestarlos y denunciar el esperpento, nos encontramos con que en la campaña actual les dio a los candidatos por imitar su maniobra.

    Ahora los candidatos se pelean por las candidaturas de sus partidos o se ponen a recoger firmas de los ciudadanos con el único fin de salir corriendo a negociarlas con los otros pseudocandidatos para que los dejen entrar en esas coaliciones tan llenas de vetos y meloserías, como huérfanas de liderazgos fuertes.

    ¿Por qué nos ponen a los colombianos a gastar esos miles de millones de pesos en unas consultas que deberían tramitarse naturalmente en el sistema constitucional de las dos vueltas originales? Por favor, señores candidatos precandidatizados, o pónganse de acuerdo o vayan digna y responsablemente a la primera vuelta. Y que el pueblo, en democracia auténtica y sin despilfarros innecesarios, decida quién debe ocupar la próxima presidencia de nuestro país.


    Columna publicada originalmente / EL TIEMPO

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