El empresario, banquero y político de centroderecha Guillermo Lasso juró este lunes como nuevo presidente de Ecuador para los próximos cuatro años, en una ceremonia efectuada en la Asamblea Nacional (Congreso) en Quito, a la que asistieron altas autoridades de varios países.

La toma de posesión estuvo a cargo de la presidenta de la Asamblea Nacional, Guadalupe Llori, quien también le colocó la banda presidencial y la condecoración del Gran Collar de la Orden Nacional al Mérito, el máximo galardón del Estado ecuatoriano.
«Empieza el cambio, bienvenidos al Ecuador del encuentro», tuiteó el nuevo mandatario, antes de ser juramentado.
El rey Felipe VI de España, los presidentes de Brasil, Jair Bolsonaro; Haití, Jovenel Moise y República Dominicana, Luis Abinader, así como los cancilleres de Costa Rica, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Guatemala, Bolivia, Argentina y España, además de otras altas autoridades de varios países, participaron en la ceremonia.
Lasso, de 65 años, sustituyó así a Lenín Moreno, quien deja el poder tras cuatro años como presidente de un país agobiado por una aguda crisis económica y de salud debido a la pandemia del coronavirus.
El nuevo mandatario hizo un llamado a la unidad de su país, tras lo cual hizo los siguientes planteamientos:
No perseguiremos a nadie. No callaremos a nadie. Gobernaremos para todos. Esto significa no gobernar a favor de un sector privilegiado, pero tampoco en contra de nadie. Tengan la opinión que tengan, hagan la crítica que hagan.
Alguien debe decir “esto se acaba aquí”. Aún a sabiendas de los peligros políticos que conlleva; aún sabiendo que otros estarían ya exhibiendo aquí, en este estrado, una macabra lista de enemigos y perseguidos.
Alguien debe tener la valentía de asumir el riesgo y romper el ciclo vicioso. Y en este punto de la historia eso solo lo puede hacer este nuevo Gobierno.
Por lo tanto, que así sea. Se acabó la persecución política en el Ecuador. Yo no he venido a saciar el odio de pocos, sino el hambre de muchos.
Yo seré el jefe democrático de un Estado democrático. Mi fuerza no nacerá de cuán alto alce la voz para gritar, sino de cuánto escucharé al pueblo antes de hablar.
Detrás de las ruinas del culto al caudillo se empieza a construir una democracia que use el poder limitado por las leyes para hacer más grandes los sueños de sus ciudadanos.
Una democracia donde nadie sea señalado como vendepatrias o enemigo de la patria, y cuyos únicos enemigos sean la enfermedad, el analfabetismo, la desnutrición, la violencia de género. Ese es el mandato del 11 de abril.
Muchos me preguntan cómo logramos que aquel día se diera el gran cambio pacífico que ha maravillado al continente y al mundo.
La respuesta es muy sencilla. Lo que sucedió fue la democracia en sí misma. Luego de más de diez años de autoritarismo, de agresiones, de intentos por instaurar un régimen perpetuo, los ecuatorianos asimilamos la más grande lección democrática: que no hay democracia sin participación.
Hoy, los ciudadanos queremos dar. Queremos contribuir sin pedir nada más que la esperanza de hacer un mejor país. Queremos que nuestro voto signifique un país más justo con las mujeres, un país más responsable con la naturaleza, más equitativo con los más necesitados.
Que todos los políticos de este país se acostumbren a que la política es esto: un deseo fundamental de los ciudadanos por contribuir al bien común, al bien colectivo.
Que esta democracia que hoy recobramos sea para siempre un torrente donde la gente aglutine sus ideales, cada uno más admirable y valioso que el otro. Y que, juntos, esos ideales sirvan para construir un país diverso donde todos tendremos cabida.
Así, más de catorce años después, y a las puertas de un nuevo siglo de vida republicana, en Ecuador aprendimos que solo hay una respuesta posible ante el autoritarismo: democracia, democracia y más democracia. Juntos todos decidimos ahogar el mal en abundancia del bien.
Ese es el camino, ecuatorianos. El camino correcto. Sabemos que no nos equivocamos porque las democracias desarrolladas no se han equivocado. Sus grandes avances en bienestar económico, en salud, en educación, demuestran que no se han equivocado. Y por más grande que será la presión para reemplazar nuestra aún débil institucionalidad con la violencia de los gritos, no nos desviaremos ni un milímetro del camino trazado. No cederemos. Porque eso sería hacer un daño mayor.
Aquel ciclo vicioso se acaba hoy. Y hoy inicia el camino al Ecuador del encuentro.
Nosotros llevamos el espíritu del encuentro en el nombre de nuestro país: Ecuador.
Somos tierra donde se unen hemisferios, regiones, climas, y culturas. Somos los herederos de un encuentro de civilizaciones que cambió para siempre el curso de la humanidad. Somos depositarios de saberes ancestrales de esta tierra, y que en el tiempo se han fundido con las culturas que llegaron desde el viejo mundo buscando libertad.
Pero toda esa historia debe convertirse en un futuro más justo. Ecuador debe significar también una promesa de equilibrio en la vida común. Equilibrio entre las causas de su gente. Equilibrio entre el crecimiento económico y la justicia social, dos piedras angulares que serán las bases de un país más próspero y equitativo.
Un país donde todos los niños puedan cultivar sus mentes sin importar sus condiciones de origen. Donde los jóvenes tendrán la libertad para reflexionar y buscar la vocación que mejor desarrolle sus espíritus, sin presiones y sin temor al fracaso. Donde la prosperidad material signifique también la limpieza de nuestro aire, de nuestros bosques y mares.
Y es que el encuentro no es un concepto abstracto. Es, ante todo, la certeza de que las causas de este Gobierno serán las causas de la gente. Que la voluntad del Gobierno será la voluntad del pueblo, movido por los mismos objetivos y las mismas esperanzas.
Más que un sueño, serán acciones dirigidas por un Estado eficiente para erradicar el hambre, la enfermedad, la falta de educación, el abandono. Que no haya dudas: nuestra intención no es minimizar al Estado, sino maximizar su capacidad para servir a los más pobres.
Hace poco más de 40 años el presidente Jaime Roldós Aguilera ya nos lo exigía: “Agua quiere el pueblo. El pueblo quiere agua.” El tiempo ha pasado, varios gobiernos han ido y venido, pero los problemas permanecen. El primer punto donde debemos encontrarnos es en nuestra ruralidad, donde nuestros hermanos del campo sufren aún la escasez de servicios como agua potable y alcantarillado. Hoy, al rememorar un año más de su prematura partida, hacemos nuestras las palabras del presidente Roldós. Retomamos su promesa: agua para el pueblo. Y no sólo agua, sino también infraestructura esencial como vialidad, alumbrado, escuelas, y hospitales.
Otro punto de encuentro es reconocer que la lucha por la igualdad de género no es un problema solo de las mujeres. Es un problema nacional. Un problema ecuatoriano que debe ser abordado por el Gobierno ecuatoriano.
Cuando el desempleo afecta más a la mujer que al hombre; cuando una mujer ecuatoriana gana menos por el mismo trabajo, se produce una inequidad que desgarra el tejido social, empezando por las familias. Y cuando una mujer ecuatoriana es agredida, las heridas las sufrimos todos. Nos convierte en un país menos libre, menos justo y moralmente manchado. Los derechos de las mujeres son derechos humanos. Y pondremos en marcha todas las políticas necesarias para garantizarlos.
Otro punto de encuentro es la erradicación del hambre, especialmente la desnutrición infantil. Es ésta quizás la peor de las desigualdades porque sus consecuencias perduran en el tiempo, en los problemas de crecimiento que padecerán miles de niños que actualmente no reciben alimentación adecuada. La imperdonable inacción de hoy nos está costando el mañana. Pero el momento llegó para actuar. Este país de encuentro protegerá por igual a todos sus niños, nazcan donde nazcan.



