Colombia escindida

El interior del ser humano es un teatro donde se escenifica una lucha librada por sus fuerzas latentes. Son muchas las pulsiones que desean ser representadas, pero, en términos generales, se pueden considerar dos grandes tendencias, que siempre acompañarán la vida del ser. Por un lado, se encuentran las reacciones con las cuales el individuo ha nacido y que conforman el paquete genético que le han transmitido los ancestros en un proceso evolutivo que se ha ido dando en el decurso de la historia. Aquí se ubica el temperamento, que permite tener respuestas automáticas ante exigencias o necesidades internas o externas, dependiendo del contexto en el que se desenvuelve el animal. En el otro extremo, están los aprendizajes que el humano recibe de sus mentores o figuras de identificación; estos dependen de la cultura en que se desenvuelve la persona, y tienen como gran propósito preservar tanto del individuo como del colectivo. Aquí está el carácter.

La interacción de las dos tendencias mencionadas es lo que conforma –reitero, de manera muy general– el acontecer psíquico y los comportamientos individuales y sociales. La relativa armonía se logra cuando estas instancias, que son contrapuestas, “dialogan y se ponen de acuerdo” de manera consciente o inconsciente. Ahora bien, ¿qué sucede cuando no logran ese entendimiento? Sobrevienen las crisis, la pugnacidad, el enfrentamiento y las guerras. Eso es lo que sucede en Colombia, situación que se ha venido acentuando en los últimos años. Resultado de esto es la lucha fratricida entre diferentes concepciones políticas que pretenden imponerse, pero no de manera civilizada, sino a través del exterminio del contradictor. No es una exageración; es la cruda realidad que se vive en el territorio nacional. Según la ONG Indepaz, en el 2020, en el país fueron asesinados 310 líderes sociales, entre indígenas, afrocolombianos, campesinos, defensores de la identidad sexual y firmantes del acuerdo de paz.

Michel Forst, relator especial de la ONU para los derechos humanos, afirmó que “Colombia sigue siendo el país con el mayor número de personas defensoras de los derechos humanos asesinadas en América Latina”. ¿Es posible dialogar y aceptarnos en la diferencia y entender que la solución no la tiene ningún bando que pretenda ser vencedor a través de la confrontación violenta, sino del consenso civilizado de la gran mayoría de los colombianos? Estoy convencido de que es la única salida que tenemos como sociedad; no hay otras opciones. Hay muchos colombianos que luchan diariamente y exponen su vida en pos de conseguir un ideal: que este país logre vivir en armonía, en democracia y con la preocupación continua por mejorar las condiciones de vida de millones de compatriotas. Esto no puede ser una quimera: ¡es posible conseguirlo! www.urielescobar.com.co

Compartelo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *