• Vivir bien es la prioridad

    Francisco pensaba que la muerte era una muy buena opción para acabar con tanta angustia y sufrimiento que había estado experimentando desde hacía meses. Era tal su desespero, que intentó suicidarse utilizando una correa, lo cual fue evitado de manera oportuna por quienes conviven con él. Esta situación prendió las alarmas en su familia; lo llevaron al servicio de urgencias, de donde lo remitieron a psiquiatría. La impresión que tuvo el terapeuta fue la de un hombre caquéctico (desnutrido, con poca masa muscular, en estado de fatiga y debilidad extremas), con un gran monto de ansiedad y en solicitud de ayuda urgente. Él mismo se definió como un hombre de 63 años, soltero, sin hijos, que vive con algunos familiares; un empresario exitoso, trabajador incansable, que controla absolutamente todo lo que se mueve en sus empresas y sin tiempo para hacer pausas o tener vacaciones. 

    Sobre su vida dijo que se formó en un hogar muy pobre, con muchos hermanos, y ante la muerte prematura del padre, por ser el hermano mayor, contó lo siguiente: “Me eché encima la responsabilidad del sustento de mi mamá y hermanos. Aunque en este momento tenemos una situación económica muy holgada, me preocupa mucho que nos vayamos a quebrar. Esta ha sido la razón por la cual ni siquiera pensé en tener mi propia familia, y ahora que puedo, ya estoy muy viejo para eso, y ninguna mujer, salvo que esté interesada en lo que tengo, se va a fijar en mí. Todo esto me produce una gran frustración”. Dos semanas después de la primera consulta, Francisco se ha sentido bastante tranquilo, más recuperado físicamente -ha subido tres kilos de peso-, y con la capacidad para entender que los síntomas que presentó eran una cuenta de cobro que le estaba pasando el orden natural ante los desafueros que estaba cometiendo contra su propia salud física, psíquica y emocional; en síntesis: contra su propia vida.

    La historia de Francisco es desafortunadamente bastante frecuente en la civilización actual. Él encarna el prototipo de persona con altos niveles de autoexigencia, en quien prima la competitividad y el deseo insaciable de atesorar bienes materiales, que lo llevan a una lucha sin cuartel que generalmente termina en la enfermedad o en la muerte bajo  condiciones indignas o antinaturales. Ojalá él atienda este llamado y rectifique su camino; que entienda y ponga en práctica que los seres humanos no hemos venido a este mundo a competir, a someter al otro, a sobresalir aunque para ello se violenten los mandatos morales de una convivencia social armónica. Hemos venido a este mundo a ser felices, a compartir con nuestros semejantes, a ser solidarios, a ser fraternos. Esa debe ser la prioridad en nuestras vidas.     

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