
Siempre que el país se resbala, recurren a luces de bengala. Al distractor nacional para apagar la fumarola de la corrupción.
Esta vez por cuenta de una Misión Electoral fallida. Lo recordaba Sergio Naranjo, el paisa matemático y educador, hoy vestido de candidato presidencial, la terrible pesadilla con la fracasada Misión de Sabios. Documento que colocaba a tono a Colombia con la innovación, la ciencia y la tecnología. Nada se hizo. Esa fue la peor de las conclusiones. Se dejó morir en los anaqueles inoficiosos de un Estado fallido.
Actuamos en cuerpo propio no para subsanar errores sino para acrecentarlos. La lección no aprendida una reforma política real, que dignifique al ciudadano en las urnas y ayude a alfabetizarlo de manera política. Colombia en materia electoral es un corto circuito, un incendio. ¿Se nos olvidó la violación torpe y miserable de los costos de las campañas Presidenciales? País de agache. Ya ni de cambalache. Cualquiera es un Señor…
Acaso, los colombianos tenemos que seguir creyéndonos ¿el cuento de la financiación estatal de las campañas? ¿Cuánto vale acceder –comprar es ruin- una credencial para el Senado? ¿Los privados deben meterse, cuando no quieren perder con ninguno y quieren estar en el marcador? ¿Nos merecemos listas cerradas y bloquear enemigos para sacarlos del paso? ¡Cómo elegir los Tribunales Regionales sin caer en las garras nefastas de torcidos intereses banderizos?
Es cierto: la cirugía electoral debe hacerse sin dolor. La necesitamos. Con el nombre que fuese: Corte electoral, Comité Electoral, partidos con ideologías y no cargados de bellaquería.
No parece que quisiéramos una Corte Electoral sino un coctel electoral. El amasijo en envase prestado y maleable adaptado a las circunstancias del delito. De la astucia. De tahúr electoral y del traficante de la democracia enquistado en esa tómbola de la estafa electoral.
Lo que se escoja, debe ser una rama autónoma para que no brinquen los micos o los orangutanes sobre el árbol de la decencia que le pertenece al ciudadano en las urnas.
Por: ÁLVARO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ



