Ojalá se premiara la meritocracia y se aplastara el régimen de bolsillo que se ha apoderado de muchas corporaciones políticas para “alquilar” puestos. Otros titulares, los compran.
Volvieron, muchas de ellas, a un modo de ingresos para concejales y diputados inescrupulosos. Mermelada, engrase, para aceitar la máquina electorera. No es un secreto que varios contralores se dedicaron a vegetar, a cerrar los ojos, a mirar de reojo la corrupción que penetra por puertas y ventanas oficiales. Son cómplices de ese pacto siniestro de “hacernos pasito”. Huele a pillaje.
Hay Personerías que no representan nada. No tienen reemplazo – muchas de ellas – en la mediocridad en que han caído. Son apéndices como lo son las contralorías que han dejado experiencias amargas, nefastas, cargadas de dudas y penetradas por el ensanche de los directorios y por autopistas de gobiernos cuestionados. Se obra sin pudor alguno. Sin pasión y convicción para atajar a tanto bandido disfrazado de funcionario que corroe la estructura de poder. Los apoyos se dan para adelgazar las finanzas.
Funcionarios prepagos de la política. El caos político como un golpe duro a la decencia.
Muchas contralorías – las del Área y del Risaralda – de manera especial, sumidas en amistades cuestionadas, en endoso de favores con patrones morales absorbidos.
Igual, podemos señalar, de ciertas secretarías de estas Corporaciones que requieren revisión para que el triangulo no sea el indicador especial de corrupción.
Conocemos de profesionales que prefieren marginarse de muchos “concursos” para no ser parte de esa cohorte o espiral que estruja la inteligencia. Que la reduce, la limita, la cercena y la lleva a mínimos morales.
Mucho hemos descendido. La infección no aguanta tanta penicilina en manos de empresas políticas que se resisten a privilegiar el decoro. De premiar la decencia y aplaudir la inteligencia. El conocimiento.
Buscan poder para alzar vías anormales que repletan las cañerías cargadas de detritus de la politiquería.
Es tiempo que se elijan contralores, secretarios de corporaciones, personeros, decorosos para que destapen la cañería de empalmes dudosos. Sería bueno conocer en Risaralda, el paso siguiente de las Contralorías para investigar la macrocefalia de la corrupción inoculada en el organismo vivo del Estado.
No puede Risaralda, seguir en el creciente tapen – tapen que se escucha bajo el aplauso siniestro de quien se reparte la nómina o asalta el presupuesto con la complacencia de estos órganos ciegos y torpes.
La sospecha ha crecido. La debilidad de estos organismos ha fortalecido las cuentas bancarias de bandidos en nómina que ven abultarse su patrimonio.
Es un virus que revienta todo: la esperanza y el deseo de caracterizar una sociedad con apego a la Ley. La honradez muta. Se vuelve displicente el honor. Los hallazgos crecen como maleza y las razones para azucarar la epidemia y crear mecanismos de defensa, se confunden en torcidas mentes. Y finos desplantes para mirar el desaliento para espantar estas malformaciones que le crecen a la administración.
Risaralda no aguanta aversión para que se elija con méritos en estos cargos donde crece la duda y se alimenta la corrupción.
La euforia del poder no puede ahogar la decencia de sus elegidos. Un buen mensaje de estas Corporaciones – como un mínimo – es elegir bien para no apostillar el voraz paso de ver el presupuesto como una golosina específica. El poder no puede alcanzar la vulnerabilidad de quienes sujetan el presupuesto para festejar el creciente robo.
Sino se erradica la corrupción, habrá que erradicarlos a ellos, complacientes en las cumbres de estos privilegiados lugares de poder.


