Formas de conquistar al elector

Convencer al elector es como conquistar a una dama: hay que enamorarla con detalles y con hermosas y dulces palabras que le entren por los oídos y le lleguen a su cerebro, porque ese cerebro es más emocional que racional. Así las cosas, el mensaje que se construya en una campaña electoral es más importante que el dinero que se reparta entre los seguidores del candidato, pues convencer con plata sale más caro que hacerlo con argumentos.

Ahora bien, si a ese mensaje se le pone música, color y olor, entra más rápido y produce los efectos que previamente los asesores del marketing político han diseñado en esa arquitectura electoral. Por eso, no cualquier mensaje pega, si éste no obedece a un estudio serio de las necesidades emocionales y culturales del elector en cada región, la respuesta va a ser negativa.

La clave es persuadir con argumentos, tal como aconseja José María Palomares (Hablar en público para Dummies), cuando dice: “Aristóteles, considerado el padre de la retórica- la facultad de hallar en cada caso lo adecuado para producir persuasión-, decía que se puede de dos formas: a través de la evidencia de los hechos, que refuerzan o apoyan nuestro mensaje, o a través de lo que se conoce como persuasión artística”.

La persuasión artística se consigue, dice Palomares, si el comunicador es capaz de desarrollar las tres habilidades siguientes: a)Apelar a la razón. Se construye un argumento, se crean las razones que lo sustentan y finalmente se demuestra. b)Apelar a la propia reputación. En general, tendemos a creer más en aquellas personas a las que respetamos y menos en aquellas que no conocemos de nada, o que no nos inspiran confianza, c)Apelar a la emoción. Es quizá la habilidad más importante que debe tener un buen comunicador (candidato) en público. Los retóricos enseguida se dieron cuenta de que la gente se deja influir antes por las pasiones y por los prejuicios que por la razón. Apelar a los sentimientos es por ello un elemento fundamental cuando se pretende persuadir”.

Conquistar con dinero, es decir, comprar el voto,  es aprovecharse de la ignorancia y del hambre de un ciudadano que cree que ha hecho el negocio del siglo: tumbar al político, cuando el dinero que circula el día de las elecciones es del presupuesto público, es decir, de todos (político y elector).

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