El planeta es un ser vivo

La mayoría de los pueblos nativos americanos tenían una forma de relación y comunicación muy estrecha con el entorno, y ellos mismos se consideraban integrantes de ese gran ecosistema, en el cual desarrollaron su vida tal como lo habían hecho sus ancestros. Sus expresiones culturales hacían mucho énfasis en el respeto, la devoción y una forma sagrada de conectarse con la pachamama o la “madre tierra”: las danzas individuales o grupales, el ambiente festivo y las ofrendas eran representaciones por medio de las cuales manifestaban esa profundad gratitud por los regalos que recibían de ella, como el oxígeno, el agua, los alimentos. Para ellos, no existía la menor duda de que la tierra era un organismo vivo que se encargaba no solo de parirlos, sino de protegerlos y brindarles amorosamente los cuidados y la protección que le prodiga una madre a sus hijos.

Sin embargo, esta concepción de protección y cuidado de la tierra y de cada uno de los seres que la constituyen ha sido rebasada por el llamado desarrollo tecnológico, en el cual se priorizan los bienes de producción y la acumulación de riquezas, sin importar los medios utilizados para lograr este fin. Esta forma irracional de interactuar con el entorno ha traído como consecuencia el desolador panorama actual: la destrucción de bosques nativos, el secamiento de fuentes hídricas, la contaminación del aire, la profanación y el saqueo a gran escala de lo que por millones de años la tierra ha contenido en su vientre (minerales, petróleo) y, finalmente, la extinción masiva de seres vivos que han acompañado al ser humano en el decurso de su proceso evolutivo. El lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky sentenció al respecto: “Los países más avanzados están conduciendo al mundo al desastre, mientras que los pueblos hasta ahora considerados primitivos están tratando de salvar al planeta entero. Y a menos que los países ricos aprendan de los indígenas, estaremos condenados todos a la destrucción”.

En contravía de esta realidad, y con todos los análisis que han hecho muchos ambientalistas, expertos en salud y organizaciones de protección de los recursos naturales, el presidente de Colombia acaba de firmar el Decreto 380 del 12 de abril del 2021, por medio del cual “se regula el control de los riesgos para la salud y el medio ambiente en el marco de la erradicación de cultivos ilícitos mediante el método de aspersión aérea”. Volver a utilizar el glifosato, a pesar de los demostrados daños que provoca en todos los seres vivos y en las comunidades rurales y nativas, es un salto regresivo y un atentado contra la tierra y los colombianos más pobres y desprotegidos. ¡Debemos elevar una voz de protesta y decir no a la muerte, sí a la vida! www.urielescobar.com.co

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