El holocausto que dio origen a la falsa paz que vivimos

La cifra de los Falsos Positivos que ha desatado tanta polémica, tantos enfrentamientos, ataques y controversias entre unos y otros, es una cifra que al ojo de un buen matemático podría superar un porcentaje mucho más alto que las cifras de horror, que entre Fiscalía y JEP se disputan.

Estábamos tranquilos con saber que eran, 2.248  y sin que nos afectara, la aceptamos como cierta y no logró mover la conciencia de este país adormecido por la violencia, por la indiferencia.

Políticos y gobernantes salen a decir ahora, cuando se conoce que está cifra es 3 veces mayor, que son cifras infladas, mentirosas como si la una o la otra no fuera la cifra de la deshonra más grande, de la infamia y el exterminio más cruel , más vil que hayamos podido tener como nación, como país.

Hay que comprobar, que esta cifra, sea la verdadera: ordena el gobierno y no precisamente para defender a las victimas de tanto abuso de poder, de autoridad, sino para defender a los victimarios hoy galardonados con soles, con condecoraciones, con ascensos, con cargos de importancia en los gobiernos de estos veinte años de exterminio y de atropello con el pueblo más humilde.

No son 6.402, los colombianos asesinados: con ellos murieron también sus madres, sus esposas, sus hijos, sus hermanos. Allí, en los recodos, en los caminos quedaron sus cuerpos masacrados, disfrazados de guerrilleros, empuñando un arma que nunca, quizá conocieron, ni dispararon y, estrenando camuflado como si se hubieran vestido para una ceremonia de condecoración y de reconocimiento.

De esta macabra práctica implantada para acabar con la guerrilla y buscar pacificar el país nos quedó la creencia de una falsa paz, de una engañosa tranquilidad para recorrer el país sin zozobras, ni miedos y, mientras, muchos de nosotros, viajábamos por los lugares más hermosos de esta Colombia que amamos, otros viajaban también como premio a la obra de exterminio de seres humanos, NNs que desaparecieron de sus hogares, bajo el pretexto de un mejor trabajo y que se convirtieron en los logros de una paz disfrazada y ficticia, esa mal llamada paz que no queremos entender ni proteger porque aún seguimos defendiendo a sus victimarios, sin trascender la gravedad de lo que hemos vivido.

Para las madres y mujeres víctimas del exterminio de sus hijos, de sus esposos y compañeros, esta cifra se traduce en lágrimas, en años incontables de soledad, de abandono, de miseria, de gritos silenciosos que reclaman justicia en un país sin justicia, sin ley, sin autoridad

Las madres, seguirán reclamando sus hijos, porque un hijo nunca se olvida. Ese ser nacido de sus entrañas, representa su decisión más definitiva, su anhelo más hermoso, su tesoro más grande.

Lo concibió y lo integró a su cuerpo, lo hizo parte de su respiración, de los latidos de su corazón, de los sentimientos de su alma, le traspaso su sangre, su vida. En su vientre le preparo un alojamiento mullido, caluroso, seguro, tierno, pleno de bienestar y de cobijo.

Fue suyo, parte de su ser, de sus emociones, de su sentir, de su trajinar, de su intimidad, de toda su condición de mujer y así entre los dos empezaron un camino de amor que nunca termina: porque esa relación madre- hijo es eterna, irrompible, inmensa. Es lo más sublime, lo más grande y así, ese hijo se marche, se desprenda de su casa; así no se vuelvan a comunicar, ese vínculo nunca se rompe pues sería romper la esencia misma de nuestra vida.

Estos colombianos asesinados no son Falsos Positivos, son los jirones del alma de tantas mujeres víctimas de la violencia en un estado corrupto que les viola sus derechos, que les niega la vida.

Por ellos, los 6.402 seres humanos que extinguieron en este Holocausto: por sus madres y sus mujeres desoladas y viudas, por sus hijos huérfanos y abandonados, por esta tierra bañada en sangre de gente humilde, de labriegos y obreros, de colombianos sin Patria y sin futuro, tenemos todos que pararnos y decidir juntos, como un solo corazón, arrebatarles a los corruptos dueños del poder y del país, lo poco que nos queda: las raíces de nuestra herencia, de nuestra historia.

De esas raíces surgirá una nueva Nación, una nueva Patria.

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