El despiporre moral de la nación

Hace algunos días, en una entrevista por un medio radial de cobertura nacional, se le preguntó al exsenador Roberto Gerleín (congresista durante 50 años: 1968-2018) cuál era su opinión con respecto al fenómeno de la compra de votos en Barranquilla, y su respuesta fue la siguiente: “Sí. Aquí en la ciudad se compran votos, es una costumbre inveterada. Muchas personas no salen a votar si no reciben algún tipo de aliño económico o de otro tipo (puestos públicos, contratos, becas, pintada de la fachada de la casa). Esta práctica que comenzó en la costa Atlántica se ha extendido a todo el país y en este momento, en Bogotá, Medellín, Pasto, Valle, se compran votos. Es una costumbre electoral de Colombia, y a los que se ofenden por eso, que no lo hagan, porque es una realidad nacional”. En octubre del año anterior escribí la columna “Vamos a votar”, donde mencionaba el caso de una persona cercana a quien le habían ofrecido $40.000 más el almuerzo por su voto.

En un grupo de redes sociales donde intercambio opiniones con profesionales de la salud mental y áreas afines, con respecto a este tema se presentó un debate muy interesante. Uno de los miembros decía que este fenómeno era el resultado de la corrupción de la moral y la ética social, y que la base era la falta de educación (que no solamente es aprender a leer y escribir, sino también a discernir y elegir asertivamente); otro  planteaba la necesidad de elevar el nivel de conciencia individual a través de la conexión entre la información que se recibe del medio y la elaboración interior de esa realidad; y, finalmente, estaba quien atribuía la corrupción  a la pobreza económica y espiritual de una gran franja de la población colombiana.

Lo más grave de todo esto es que dicha práctica, perniciosa y dañina, es avalada cada vez más por la sociedad. La persona cercana, por cuyo voto ofrecieron compra, me contaba que la gran mayoría de los conocidos a quienes les había consultado, le habían aconsejado recibir la plata, el almuerzo y luego votar por otra persona, bajo el supuesto de “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Agregaba, además, que en una entrevista había escuchado a uno de los candidatos presidenciales más votados en la contienda pasada declarar exactamente lo mismo. Le dije que no siguiera ese consejo, que no solo era inmoral, sino que reñía con los principios más elementales de una ética individual y colectiva. De generalizarse esta práctica, sería el apague y vámonos de la moral de nuestra patria.

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