
Reproducimos apartes de la columna del periodista y escritor, Miguel Álvarez de los Ríos, titulada «Cantos de Maldoror, igual al remate», publicada en el Diario el pasado 12 de mayo de 2017. En este escrito, hace alusión al llamado estudiante de derecho Daniel Silva salpicado por varios escándalos en los útimos días, y donde el referido opinante concluye en su escrito que: «El abogadillo no era más que un pillo».

«Igual al remate rimado de una sátira quevedesca: “El abogadillo no era más que un pillo”. Me refiero de nuevo al peligroso individuo a quien aludí en columna anterior; individuo que, diciéndose abogado sin serlo, había montado un tinglado en Pereira para enriquecerse fácilmente a costa del buen nombre, la dignidad, el peculio y aún la vida de sus víctimas.
Caso reciente, y que clama al cielo, el de Dosquebradas. El abogadete, abogadeaba, es decir, ejercía perversa, indignamente, uno de los oficios más nobles del mundo, el que supone en quienes lo practican grande entereza moral, el que exige profunda y buida cultura. Mi abuelo, don Ricardo de los Ríos Cock, sabio jurisperito, le agregaba a estas calidades eximias las del desinterés, la generosidad y la veracidad. El padre de mi madre hablaba de la ética como claridad del corazón y equilibrio de la vida interior. Catón lo hubiera llamado a compartir su huerto. Mis tres hijos varones –dos abogados y un escritor– se miran en dos espejos: el nítido que era mi padre y el incomparable que fue mi abuelo.
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Rubén Darío Franco Narváez, quien ve más adentro de las cosas, me ha dicho que el asunto criminal del que me ocupo es más delicado de lo que aparenta. “Tiene empresarios y, naturalmente, cómplices”, asegura el pesquisante periodista. El “izquierdista” del Concejo es uno de ellos”. ¡Ese es un ignorante lastimoso, le respondo. Indecente buscador de contratos. Los izquierdistas clásicos fueron racionalistas y modernizadores. Estudiosos. Analistas. Respetables. Los de ahora, con un mediocre prestigio municipal, no se han leído un solo libro; por intuición, le rinden culto a los restos arqueológicos de una civilización desaparecida. Y por lo que hemos visto y seguimos viendo, han terminado en una delincuencia, que ellos creen sigilosa».
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