CRONICA / “El mundo conspira a mi favor”: Luz Mery Loaiza Cortés

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Luz Mery Loaiza se desplazó de su tierra para proteger a su hijo adolescente del reclutamiento forzado. Hoy, después de sortear las dificultades de llegar a un lugar extraño sin dinero ni trabajo, cuenta cómo ha aprovechado las ayudas gubernamentales para sacar adelante su proyecto productivo. Crónica de superación.

“Él se me arrimó y me dijo: ‘tranquila paisita, tráigame a Ojitos el sábado a la plaza a las 7:30 p.m. y nos lo entrega, él va a estar muy bien, lo va a poder ver cada tres meses y le vamos a pagar 800 mil pesos mensuales, además le vamos a dar comida y dormida, si ese chino no aprovecha la oportunidad es un guevón”.

Así comienza el relato de doña Luz Mery Loaiza Cortés, una de las 6.499.042 personas que aparecen registradas en nuestro país como víctimas del desplazamiento forzado, según los datos de la Red Nacional de Información.

Esta cartagüeña, de 48 años de edad, a quien hace tres le tocó salir corriendo del municipio de Los Patios (Santander), junto a su esposo Luis Palacio y Sebastián, su único hijo, es hoy por hoy otra de las beneficiarias de la capacitaciones que brinda la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, en asocio con entidades como el SENA.

“Soy la mayor de tres hermanas y tuvimos una infancia soñada, sin mayores inconvenientes, con papá y mamá como ejemplos. Ya como persona adulta decidí casarme y luego nos trasladamos a Cúcuta buscando un mejor futuro, pero realmente no sabíamos lo que se nos venía pierna arriba”, comenta Luz.

Esos momentos iniciales en Cúcuta fueron maravillosos, les tocaron tiempos de bonanza. Ella en casa dedicada a criar a su hijo y consentir a su esposo. Él, a su vez, dedicado al trabajo como mecánico, donde le iba bastante bien, con contratos de una empresa petrolera importante.

Inicialmente se ubicaron en la frontera con Venezuela y luego se trasladaron hasta Los Patios, en donde las casas tenían amplias zonas de esparcimiento y arrendamientos baratos. Sin embargo, la normalidad en la vida de la familia Palacio Loaiza terminó cuando Sebastián -quien es hijo único a raíz del padecimiento de cáncer de cuello uterino de su mamá- cumplió los 15 años.

“De ahí en adelante no tuvimos paz, al niño me le comenzaron a tomar fotos, a hacerle seguimiento o inteligencia como dicen ellos, inicialmente estudiaba en un colegio con monjas, hasta allá no podían entrar, pero sí los esperaban afuera o en el transporte y les comenzaban a ofrecer cosas”, dice Luz.

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“La Paisita”, como le decían sus vecinos de cariño, pensaba en inicio que el tema del reclutamiento de menores no era con ella. “Yo escuchaba que se hablaba mucho de desaparecidos, la gente se perdía y aparecía muerta en Juan Frío, pero cuando no es con uno, eso no afecta”.

Debido al sol inclemente de la región, que en ocasiones puede llegar a alcanzar los 40 grados de temperatura, en Los Patios el fútbol se disputaba de noche. Así vino el primer campanazo directo. “Sebastián salió a las seis de la tarde con su balón y a los 10 minutos regresó con la cara blanca como un papel, le pregunté que le había pasado y me contestó: ‘si vienen a preguntar por mí, diga que no estoy, los ‘paracos’ están abajo y nos estaban tomando fotos para reclutar”.

Se comenzaba a develar una terrible realidad. En Los Patios, los niños entre los 12 y los 15 años comenzaban a ser reclutados según como los vieran de ‘avispados’ en su forma de actuar. Al final, si sus raptores los consideraban “despiertos”, terminaban engrosando las filas de los grupos armados.

Después aparecieron los temibles panfletos, donde publican los nombres de los menores que debían presentarse ante los grupos armados al margen de la ley. A “Ojitos”, como le decían a Sebastián por sus ojos verdes, lo tenían entre ceja y ceja. Por eso, al ver su nombre en el panfleto, Luz se sintió desfallecer.

“Hasta ahí viví bueno, eran las 7:30 p. m. del 28 de marzo del año 2012. Mi esposo dijo que iba hablar con ellos y yo le dije que no porque lo podían asesinar, él me repitió que no se iba dejar quitar el niño y entonces tomamos la decisión de salir de allí”, recuerda Luz.

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Dos días después de leer el nombre de su hijo en un panfleto, pudieron salir de  la zona. Eran las cuatro de la tarde del viernes 30 de marzo, “la hora boba” en la que los miembros de esos grupos armados comenzaban sus parrandas en la plaza principal.

“Íbamos pasando en nuestro carrito y uno de los miembros del grupo nos paró y nos dijo que necesitaba hablar con nosotros, que le entregáramos a Ojitos al día siguiente a las 7:30 p. m.; con lágrimas en los ojos les supliqué que no, pero hicieron caso omiso, luego preguntaron que para dónde íbamos y les dijimos que a mercar a un sitio conocido como La Parada, a las afueras del pueblo, fue la última vez que los vimos”, relata Luz.

Salieron de Los Patios con 300 mil pesos en el bolsillo, una bolsa con agua de cinco litros, una libra de panela y una gata doméstica llamada Lulú. El viaje duró treinta horas y solo pararon cuando se acabaron la gasolina y el dinero. Por fortuna, ya estaban en las goteras de Dosquebradas (Risaralda).

A pesar de llegar a casa de su mamá y ver por fin caras amigables, el nuevo comienzo no fue nada fácil. Los tres llegaron a vivir a un cuarto, sin trabajo ni dinero. Como si eso fuera poco, Sebastián estaba retraído, temeroso, sin amigos y traumatizado por los sucesos que los obligaron a desplazarse.

Meses después, ante la desesperación de no poder conseguir trabajo y sin poder acceder a los servicios de salud, Luz Mery se dirigió a la Alcaldía Municipal para averiguar cómo podría acceder a los beneficios del SISBEN. Allí conoció a un comunero, quien le indicó sobre el proceso en la Unidad para la Atención y Reparación a las Víctimas, logrando por fin ver las primeras luces de su nueva vida.

“El proceso para acceder al registro único de víctimas fue muy rápido, la verdad tras la declaración solo se demoraron un mes mientras indagaban sobre los acontecimientos. Días después, me di cuenta de que por el tiempo en que salimos huyendo de allá habían desaparecido cerca de 150 menores. Recibimos atención psicológica y ayuda humanitaria, fue la única manera de poder salir adelante”, explica Luz Mery.

En seguida, la situación de la familia empezó a mejorar. Luis consiguió trabajo, alquilaron una casa y, tras las capacitaciones con la Unidad de Víctimas y los convenios con el Departamento de Prosperidad Social, montaron una papelería en casa.

Sin embargo la historia no paró allí. Luz Mery continuó estudiando y Antonio Reyna, hoy funcionario de la Unidad para las Víctimas, fue su ángel de la guarda. Reyna la marcó con la frase: “querer es poder, el universo conspira a tu favor”.

De ese modo, la alentó para seguir su capacitación. En convenio con el SENA iniciaron el componente de proyectos productivos. Para la graduación, en cuatro meses debían presentar un proyecto que le apuntara a la auto sostenibilidad. Fue allí donde surgió la idea de fabricar jabones para lavar loza. Luz investigó en internet y con un viejo amigo, Óscar, químico empírico, averiguó cómo sacar adelante las fórmulas. Al final terminaron fabricando jabones para la loza, las manos, trabajo industrial y hasta limpia vidrios.

Hoy, Variedades Luz y sus productos se convierten en la gran esperanza de esta familia desplazada para poder salir de la frustración que les ocasionó abandonar su tierra por la presión de los paramilitares.

“De verdad que agradezco mucho la atención psicológica que recibimos en la Unidad a través de la estrategia de recuperación emocional. Cuando estábamos en las capacitaciones de emprendimiento vivimos épocas muy duras, pero hoy agradecemos al Estado por la ayuda, me siento tranquila de corazón”, dijo Luz.

“Es hora de que las víctimas continuemos adelante. Para ello hay que aprovechar la oportunidad de capacitarnos y hacer algo con nuestras vidas, así podremos ver más allá y salir adelante, sueño con hacer crecer la empresa y poder darle la oportunidad a otras víctimas de trabajar, estos productos tienen que salir del país, quiero hacer de esto algo grande”, dice con una gran sonrisa La Paisita.

Hoy, Luz Mery Loaiza espera la indemnización por parte de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas. Con esos recursos pretende darle un nuevo impulso a su negocio y poder vivir en paz y felicidad con su esposo, ya que su hijo, por el cual tanto luchó, conformó hace poco su propio hogar.

Edwin.herrera@unidadvictimas.gov.co

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