Una lección de poesía

Con la ilusión de aliviar un poco el sentimiento de dolor y miedo que produce el ver a Colombia en manos de delincuentes de cuello blanco, de corruptos, de traficantes del honor y de la honra.

Esta es, la Lección de Poesía más hermosa.

Conocí un Labriego, un Peón, sembrador de esperanzas y de sueños; sin pergaminos ni títulos; solo tenía  en su corazón el tesoro más grande, que de tanto andar juntos, fue tatuando en mi alma con su palabra, su ejemplo, su grandeza. 

El lugar, el más hermoso: una vereda tejida de cafetales frescos y de frutos maduros, de surcos, de semillas y cosechas;  mi amor de infancia, el lugar de mis recuerdos, de mis primeros pasos, de mi huella marcada por el Labriego aquel, por el Peón de amor, que Dios me destinara como padre, como guía y maestro. 

De su mano labriega y del alma inmensa de mi madre, aprendí a hacer poemas y a sentir que el amor por la Patria, no tiene fin ni precio, que es sagrada y por eso debemos honrarla y  defenderla.

De mi padre aprendí, que no hay obstáculos para llegar lejos, muy lejos; que el camino lo hacemos paso a paso y que sólo logramos, aquello que luchamos y sin temores ni miedos defendemos .

De mi Madre, aprendí la poesía y de los dos, aprendí a mirar al cielo, aún, cuando el corazón esté vencido, sin camino ni fuerzas.

A su lado viví noches hermosas de canciones y cuentos y aprendí muchas cosas, que hoy, son mi legado a los que amo, a mis retoños; nuevos surcos donde ese Labrador sigue sembrando y esa Madre primera sigue durmiendo bajo su delantal los hijos de los hijos, los hijos de los nietos y los hijos sin fin que irán llegando como los brotes nuevos de su árbol inmenso.

Dicen, que ella aún les canta canciones infantiles para que duerman de amor y de recuerdos y el labrador abuelo los mete entre su ruana y los protege.

Como pasan los años: los viejos ya se fueron; solo queda su obra, sus huellas, los surcos que otra vez guardan cosechas.

El camino que llevaba a la Escuela no es el mismo camino, ni la Escuela es la misma Escuela.

La Maestra de entonces ya no existe pero quedó guardada en los recuerdos de aquel lugar, el amor de mi infancia; amor que no envejece, ni se quiebra, ese amor imborrable, que se guardó, como un tesoro, en mi alma, como un poema.

Estos viejos amados me enseñaron a través de su vida y de sus huellas, que la vida es poesía, es canción, es tonada en la noche, es alborada, es fiesta; pero que era preciso improntarla en lo que somos, en nuestras raíces, en nuestra herencia, en el diario vivir y en la dura faena.

Para que la poesía no se muera, me dijeron muy quedo, tiene que haber semillas en el alma, semillas que germinen y florezcan y se vuelvan cosechas abundantes de amor, de abrazos, de mimos y de besos.

Para que la poesía no se muera, es preciso que sigan las  tonadas  arrieras, la serenata enamorada, el ramillete de flores y el chocolate envuelto  en papeles de seda, sellado con un eterno beso y un te quiero. 

Es preciso volver a escribir cartas y  enviar esquelas, en las que el corazón vuelca sus ansias, y el alma toda se entrega sin reserva.

Hace falta, mucha falta, que todos, sin tiempo ni medida, busquemos muy adentro nuestras huellas; las raíces supremas de nuestra casa vieja, donde  reposarà por siempre nuestra herencia

Para que la poesía no se muera y siga habitando en nuestro entorno, tiene que transformarse, de una vez por todas, el insensible mundo de la escuela y el silencioso paso del maestro; la indiferencia del padre que no llega y la madre cansada de  sus penas, el indolente vivir  de nuestros jóvenes y la historia de horror de nuestra patria sumida en corrupciones y  atropellos.

Para que la poesía no se muera hacen falta mujeres, que entiendan que sus sueños, son los sueños del mundo, que en su vientre fecundan nuevos seres; que  sus pechos alimentan naciones, y en sus brazos se acunan esperanzas y sueños.

Falta que se hagan poemas con las manos para que sean caricia, entrega, abrazo; para que vuelen como mariposas por los cuerpos sedientos y se detengan allí, donde la eternidad se hace mas larga y suprema .

Hacen falta susurros al oído para que no se hiera el amor ni los anhelos.

Faltan noches de luna, muchos amaneceres; instantes donde la palabra unida a los recuerdos, se vuelve historia, poesía, verso.

Hace falta con quien pasar la vida mirando las estrellas y en una de ellas, encontrar el corazón, unido a otro que palpita sin prisa, sin nostalgias, ni miedos. 

Hacen falta semillas de ternura que fecunden los vientres con algo mas que esperma; para que surjan nuevos seres: los hijos del amor, seres inmensos, hijos de los abrazos mas supremos, hijos de la paciencia y de la espera, hijos del respeto, de la conciencia; hijos de una Patria de libertad, de dignidad, de identidad; capaces, por encima de todo y sin venderse, de ser gentes de bien que ennoblecen su tierra, que defienden su herencia.

Esta hermosa lección de poesía  narrada por mis viejos, nunca la he olvidado y hoy, anhelo, que hiciera huella eterna en nuestra tierra, que esperanzada, sueña con la promesa de un futuro mejor, de una paz verdadera.

Para que la poesía tome el lugar de la guerra y la vergüenza que hoy vivimos, hacen falta las cosas más sencillas y más tiernas: solo un ramo de flores y un te quiero.

Un abrazo sin fin que envuelva el alma.

Una palabra que anime y que levante.

Un corazón presente, nunca ausente.

Una Patria levantada con dignidad, por ciudadanos de honor que no se venden y

Un pueblo, como el nuestro, orgulloso de su tierra, el Paraíso soñado que Dios nos entregó como un poema.

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