• Un país de silencios

    Las relaciones humanas se ven a diario, amenazadas por los efectos de las palabras habladas y escritas que en muchos casos son de agresión, de atropello, de malos tratos, para atacar a quienes no opinan, ni piensan como nosotros.

    Es realmente preocupante ver en las redes sociales una marcada tendencia a la agresión, a la descalificación atrevida de los demás, de lo que hacen, de lo que dicen.

    Vivímos armados como guerreros en defensa, no precisamente, de lo más noble y valioso sino de lo más superfluo y vanal, de lo que, claramente, es una actitud detractora de los principios y valores de la sociedad en la que vivimos.

    Defendemos la mentira, el mal proceder de políticos y representantes de la ley y del gobierno, aún sabiendo de sus conductas dolosas, de su proceder en contra  de la identidad nacional, de los recursos del estado, de las poblaciones más vulnerables del país; así hemos defendido con nuestro silencio: el desalojo forzado, la extinción de tierras a inumerables campesinos, hoy en la miseria en los lugares más infames de las ciudades, olvidados e ignorados; el maltrato y violencia contra la mujer, el asesinato y exterminio de líderes sociales y defensores de derechos humanos, la violacion de nuestros niños y niñas.

    Está imperando el mal y no vemos sus efectos en nuestra familia, en la sociedad.

    Acudimos a la ley para defender lo indefendible, lo absurdo; queremos, a como dé lugar, lograr nuestros caprichos, por encima de los demás, de sus costumbres, de su historia, de sus derechos y lo hacemos amparados también en el derecho a la tranquilidad, a la salud mental y física, a la individualidad, a la convivencia sana y armónica, pero lo que no entendemos, es, que no son los demás quienes deben cambiar para mí bien, sino, ¿què es lo que yo debo hacer?, para lograr esa paz tan anhelada, tan buscada.

    La Paz del corazón, el serenar de nuestra vida no está por fuera de nosostros, es interior, es la certeza de una vida vivida con amor, con generosidad, con alegría y servicio; es la vivencia de los otros en mi, lo que nos da tranquilidad y felicidad; es el compartir en familia – y el lugar donde vivo también es mi familia – todos los momentos hermosos que la vida nos proporciona a cada instante.

    Queremos silenciar a los demás: el entorno, la naturaleza, el bullicio intermitente del diario vivir, para tener salud, armonía y descanso.

    Si esa es nuestra petición ante la ley, entonces pidamos que se silencien por siempre los Twitter agresivos de los partidos políticos, de los gobernantes, de los presidentes y dirigentes, de tantas personas de todas las edades y condiciones.

    Que se silencien las miradas airadas, denigrantes del otro, armadas de odio, de resentimiento.

    Qué se silencien las sirenas que anuncian la trajedía y piden ayuda.

    Qué se callen por siempre, las campanas de las torres tutelares de los pueblos, sus relojes, su voz que llama y reúne.

    Qué se silencien las voces de los vendedores ambulantes que a grito entero anuncian su desvalida mercancía, con la que busca llevar un mendrugo de pan a su casa.

    Qué se silencien los gritos de las madres que reclaman por sus hijos desaparecidos y asesinados bajo la mirada indolente del estado.

    Qué se silencien los reclamos de los trabajadores ante la miseria laboral que los acosa.

    Qué se silencien los gemidos de los niños abandonados, violados, en desnutrición extrema, desamparados de sus padres, del gobierno, de la sociedad donde viven.

    Qué se silencien los miles de campesinos, cultivadores de papa, de legumbres y hortalizas, que, en camiones desvencijados, ofrecen a gritos los productos cosechados a mano limpia en intensas jornadas de trabajo al sol, a la intemperie, en los que invirtieron sus escasos recursos, con el anhelo de venderlos, sin saber que su gobierno a través del libre comercio ya tiene abarrotados los mercados de esos mismos productos, comprados a otros países, confinandolos así a la quiebra, a la miseria.

    Qué se silencien las protestas de los colombianos cansados de tanta corrupción, de tanto atropello a la ley, a la Constitucion, a los derechos fundamentales pisoteados y manoseados a gusto y decisión de los partidos políticos y de sus representantes ante el Congreso y los altos cargos.

    Qué se silencie todo el país, toda nuestra Patria, hoy en manos de quienes tienen como meta acabar con nuestras raíces, con nuestros bienes y recursos, para que puedan legislar a su antojo, derogar las pocas leyes buenas que tenemos, desconocer la democracia sobre la cual se ha constituido nuestra historia, acabar con el estado de derecho, defender delincuentes, aprobar el desangre de la economía, extinguir los recursos naturales, entregar nuestra soberanía a capitales extranjeros y poner de rodillas a los más de cincuenta millones de habitantes, para que en un acto patriótico y solemne les aplauda el circo de horror que nos presentan, que planean, desde ya, para los próximos momentos decisivos que se nos avecinan.

    En fin que se silencien todo lo que tenga voz de libertad, de justicia, de equidad, de igualdad de género, de defensa de los derechos fundamentales, de salarios justos, de salud, de educación, de dignidad, de honradez, de verdad.

    “Quien se atreve a disentir, pierde; se le cierran las puertas, se ataca, se persigue.

    Esa es la razón del porqué los colombianos no reaccionamos y en silencio dejamos que terminen con esta herencia de grandeza que nos dejaron nuestros padres.

    Este paraíso soñado que Dios nos entregó como un regalo de amor, como una promesa”.

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