
Si este relato se asemeja a lo que vives, te invito a que compartamos un café de recuerdos, si no, igualmente tómalo conmigo y entre sorbo y sorbo, encontremos juntos, la razón más inmensa que sostiene nuestro ser y nuestra vida; esa riqueza incomparable de tener a quien amar, a quien extrañar, esos seres que hacen una falta sin límites y que dejan un vacío que nadie puede llenar: sólo Dios, porque El si conoce lo que sentimos y añoramos.
Tomemos un café, así estemos solos, para aliviar un poco la nostalgia del nido vacío, de los hijos ausentes, de los nuestros que marcharon al más allá y no regresan, de los amigos que un día fueron y ya no son, en fin, de aquellos que vivirán por siempre en nuestro corazón como una impronta celestial que nunca se termina.
Vamos a creer que están junto a nosotros y que sus risas invaden hasta el último rincón de nuestra casa.
No se han ido; se oyen sonidos de guitarras y voces: son ellos, que le cantan a la damisela encantadora de siempre, al cuartito azul del primer amor, al porque del no engrasar los ejes de la carreta, a la mama vieja, esa mujer con manos de mariposa, que voló al cielo a engalanar con su sonrisa sus espacios, a la botellita de vino que un día puso el abuelo en nuestra alforja de viaje, para endulzar el camino cuando salimos del pueblo, y a las simples cosas, esas de las que insensiblemente uno se despide, para al final comprender cómo están de ausentes y añorar volver a los viejos sitios donde amamos la vida.
Hace falta un café, calientico y fragante que despeje nuestro ser y se nos permita
compartir, sin estar, con los que amamos. Un café que sea fortaleza cuando sentimos desfallecer y morir. Un café que nos reúna sin miedos, sin distancias, un café como aliciente para volver a empezar el camino que creímos ya casi terminado pero que vuelve a empezar, y que la vida nos obliga a recorrerlo ahora, cuando ya las fuerzas se agotan y el tiempo se acaba.
Hay realidades difíciles de entender, de aceptar. Son como retos imposibles que sí o si, tenemos que enfrentar, porque solo hay una razón que nos mueve a salir de los abismos y es el amor por los nuestros, la fuerza que nos une.
Para esto hay que mirar al cielo y pensar bien; esta acción desata las cadenas que nos atan a circunstancias insoportables que se nos vuelven vida y nos acaban la vida, esa que debemos vivir solos, como lo que somos: seres de individualidad que en medio de la adversidad tenemos que surgir y vencer.
Mirar al cielo y pensar bien es creer en lo bueno que tenemos, que anhelamos y desechar lo malo que nos postra y detiene; es levantarse, desprenderse, desapegarse, liberarse del yugo de opresión que nos postra y esclaviza, es dejar que Dios haga su obra en nosotros: que es buena, agradable y perfecta; es dejarlo actuar y permitirle perfeccionar en nosotros su obra de bien y de grandeza.
Hace falta un café que reconforte el alma, un café como pretexto, para reconocer que somos recuerdos, afectos, instantes de amor, de reconciliación y de encuentro, momentos fugaces que llenan el alma sin medida.
Un café virtual, así como la palabra y el abrazo, un café de recuerdos y canciones para cantar en medio de la ausencia, para reír cuando sintamos miedo y danzar sin parar,hasta que por fin, amanezca un nuevo día, de paz y de sosiego.


