La llegada del Bloque de Búsqueda Contra el Multicrimen a Pereira marca un punto de inflexión en la lucha por recuperar la tranquilidad ciudadana. No se trata solo de un refuerzo policial: es una declaración institucional de que la ciudad no está dispuesta a ceder terreno frente al crimen organizado. Más de 600 hombres entrenados para operar en entornos de alta complejidad criminal, respaldados por una inversión histórica de $35.000 millones, representan una ofensiva sin precedentes.

Pero más allá del despliegue táctico, lo que está en juego es la narrativa de ciudad. Pereira ha sido estigmatizada por los enfrentamientos entre bandas como La Cordillera y Los Rebeldes, y aunque el alcalde Mauricio Salazar afirma que el 98% de los homicidios están ligados a disputas entre delincuentes, esa cifra no debe anestesiar nuestra percepción del riesgo. La violencia, aunque focalizada, permea el tejido social, genera miedo y condiciona la vida cotidiana.
La estrategia de la Alcaldía, que incluye patrullas nuevas, motocicletas y cámaras de última tecnología, apunta a una modernización del aparato de seguridad. Es una apuesta por la disuasión, la inteligencia y la capacidad operativa. Pero también exige resultados visibles. El ministro de Defensa fue claro: “venimos por ellos”. Y el mayor general Triana lo reafirmó con la extinción de dominio por más de $28.000 millones, golpeando las finanzas del crimen.
Sin embargo, la seguridad no se construye solo con fuerza. Se necesita confianza ciudadana, pedagogía institucional y una narrativa que no normalice la violencia entre delincuentes como si fuera ajena al resto de la sociedad. Decir que “nadie que no tenga que ver con esa organización criminal tiene nada de qué preocuparse” puede sonar tranquilizador, pero también puede invisibilizar el miedo legítimo de quienes viven en zonas vulnerables, de quienes escuchan disparos en la noche o temen por sus hijos en el camino al colegio.
Pereira necesita que esta ofensiva sea integral. Que el Bloque de Búsqueda no solo capture cabecillas, sino que desmonte las redes de reclutamiento, extorsión y microtráfico que afectan a los barrios. Que la inversión en tecnología se traduzca en prevención y no solo en reacción. Que la institucionalidad se acerque a la comunidad con empatía, no solo con uniformes.
La ciudad está dando un paso audaz. Ahora el reto es que ese paso no sea solo militar, sino también social, comunicativo y humano. Porque la seguridad verdadera no se mide solo en capturas, sino en la capacidad de devolverle a cada pereirano la certeza de que su vida vale, su barrio importa y su ciudad tiene futuro.


