El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, iba conduciendo rumbo al trabajo. En mi mente organizaba la jornada: la meditación con un grupo de personas internadas, la lectura colectiva de un libro de contenido espiritual que compartimos cada lunes, el desayuno, la ronda clínica con los profesionales, una reunión administrativa y las sesiones de psicoterapia individual. A la una, el almuerzo; a las cinco, una reunión con representantes de una EPS y, hacia las ocho de la noche, el regreso a casa para preparar las actividades del martes. Era una mañana cualquiera. Una de esas mañanas en las que creemos, casi sin darnos cuenta, que tenemos el día entre las manos. Hasta que la tierra rugió. El automóvil comenzó a detenerse y, de repente, todo aquello que ocupaba mi pensamiento perdió importancia. Ya no existían reuniones, horarios ni pendientes. Solo estaba yo, intentando comprender qué estaba sucediendo. Tuve miedo, un miedo profundo, primario, de esos que no necesitan palabras. Quedé paralizado e imploré al Creador que me protegiera, que me permitiera estar a salvo. En ese instante, más que profesional acostumbrado a acompañar a otros en sus momentos difíciles, fui simplemente un ser humano vulnerable frente a una realidad que no podía controlar.
A las ocho de la noche llegué a casa. Estaba vivo, pero no había agua ni luz. Y, aunque físicamente estaba a salvo, algo dentro de mí había cambiado. Había experimentado, de manera inesperada, la sensación de que aquello que consideramos estable puede transformarse en cuestión de segundos. Entonces pensé en mis consultantes, pensé en tantas personas que llegan sintiendo que su mundo interior también se ha sacudido, personas que, ante una pérdida, una enfermedad, una crisis familiar, una depresión o un trastorno de ansiedad, sienten que han perdido el control de su propia vida. Personas a quienes muchas veces las juzgan por tener miedo, por sentirse vulnerables o por no poder resolver inmediatamente aquello que les ocurre.
Y quizás ahí aparece una de las lecciones de la vida y de la psicoterapia: no siempre necesitamos eliminar el miedo para seguir adelante. A veces necesitamos aprender a reconocerlo, comprenderlo y atravesarlo. Gracias a este evento también comprendí que acompañar a un semejante no significa ocupar un lugar de superioridad, como si quien escucha estuviera a salvo de la fragilidad humana; significa encontrarnos, unos y otros, en ese territorio común donde todos podemos tener miedo, perder certezas y necesitar ayuda. Reconocer nuestra fragilidad no es una derrota. Es el comienzo de una fortaleza más auténtica. Quizás la verdadera fortaleza no consiste en creer que nada puede derribarnos, sino en saber que podemos temblar y, aun así, levantarnos; sentir miedo y, aun así, avanzar; necesitar de otros y, aun así, conservar nuestra dignidad. Aquel día la tierra tembló, pero también me dejó una certeza: somos frágiles, sí; pero cuando reconocemos nuestra fragilidad, dejamos de luchar contra ella y empezamos a convertirla en fortaleza. Y eso, tanto para mis pacientes como para mí, también es una forma de sanar.


