No es depresión, es soledad

Hace pocos días recibí una llamada de alguien que estaba muy preocupada por la situación de su hermana, quien desde hace quince años padece una serie de síntomas que le han sido atribuidos a un trastorno de tipo depresivo. Varios psiquiatras, durante este tiempo, han coincidido en el diagnóstico y le han formulado diversos medicamentos antidepresivos y otros tantos para el control del sueño. El motivo de la llamada era porque estaba viendo a su hermana como una “muerta en vida”, sobre todo desde hacía dos años, en los que no había querido salir de la casa. Decía que la notaba cada vez más delgada y con la idea fija de que era mejor morirse. Un comportamiento totalmente contrario a lo que siempre la había caracterizado: trabajadora, alegre, espontánea, siempre dispuesta a ayudar y servir, especialmente a su familia. Hicimos una cita. En la primera sesión, Gabriela me contó con un profundo resentimiento y desengaño lo que ha sido su vida.

 

“Tengo 72 años, soy profesional de la salud, estoy pensionada. Mi situación económica está resuelta porque, además de la pensión, tengo negocios e inversiones. Vivo sola, nunca tuve una relación afectiva estable ni me casé, porque mi vida estuvo dedicada al trabajo y a sacar adelante a una familia numerosa que incluía hermanos, sobrinos y familiares cercanos. A estas alturas de la vida me siento profundamente dolida con mi familia por la ingratitud y el poco reconocimiento que tienen hacia mí, después de yo haber sacrificado mi vida entera para el beneficio de todos. ¡Y le puedo asegurar que ninguno de ellos puede decir que no los ayudé en algún momento de su vida para que salieran adelante! Y míreme ahora: sola. No me invitan a nada, no me participan de las reuniones… Es como si no tuviera familia. Estoy sola y me pregunto qué ilusiones tengo para vivir”.

 

Una cruel realidad recorre al mundo y se ha convertido en un verdadero problema de salud pública: la percepción de soledad que tiene un número importante de personas ancianas. En los países con altos niveles de desarrollo económico y social esta problemática ha llegado a niveles tan alarmantes, que por ejemplo en el Reino Unido se creó el Ministerio de la Soledad. Gabriela no está deprimida y por esa razón los medicamentos no le han hecho ni le harán ningún efecto. Los síntomas que presenta son la expresión de un problema existencial que comparte con millones de personas en todo el mundo y que es el resultado de algo que los seres humanos a veces olvidamos, que no hemos venido a este mundo a trabajar, trabajar y trabajar, mientras dejamos al margen lo esencial de la condición humana: el hecho de reconocer  nuestra interioridad, de aceptarnos, dedicarnos tiempo, amarnos, como un requisito fundamental para querer a nuestros semejantes.

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