En busca de refugio

Definitivamente hay una fuerza superior que nos sostiene, que nos protege y ampara.

Yo, la llamo Dios y sé que cada uno tiene en su corazón un hilito invisible que lo mantiene unido a un alguien que no ve pero que está siempre presente, que le alienta, le acompaña y en momentos de dolor y angustia, a El eleva una plegaria y en El pone todos sus anhelos.

Vivimos en busca de una paz interior, de una felicidad, de una armonía que precisamente no se encuentra en los estantes de los centros comerciales, en viajes, en poder, en dinero, en halagos y placeres, éstas son emociones momentáneas que nos llegan y que nosotros confundimos con el sentido incomparable de la felicidad completa, esa paz que colma, que llena y sobrepasa todo entendimiento.

En este año de tanta convulsión, lo que hemos visto es que de nada sirve lo material, ni el poder, ni el dinero.

Tuvimos que vivir en austeridad aún teniendo recursos y medios para satisfacer nuestras necesidades porque esas necesidades no eran materiales, estaban representadas en otras vivencias, en instantes, en lo que no se compra, ni se vende: en el amor, en la presencia de los demás en nuestra vida, en un café compartido, en los abrazos que alientan y reconfortan, en las palabras de apoyo, de compañía; en los besos que encienden nuestra alma de amor, en unas manos que recorren nuestro cuerpo con caricias y mimos y en esa cercanía física que perdimos, en esa distancia que se volvió una fuerza espiritual capaz de sostenernos y alentarnos.

Lo que vimos fue una soledad abismal, una impotencia, que nos puso de presente que lo único que vale en nuestra vida está representado en nuestra familia, los amigos, las personas con quienes hemos compartido siempre.

Lo que aprendimos nos dejó una enseñanza sin límites de nunca olvidar.

No hubo abrazos, ni besos, ni palabras al oído, hubo un revolcar interior que nos desnudó el alma para decirnos a gritos que lo que buscamos no está afuera sino dentro de nuestro ser, de nuestra vida y esa realidad, para quienes tenemos fe, se llama Dios.

Dios es la conciencia que nos despierta después de una noche de tragos sin control que al amanecer quema nuestras entrañas y nos revuelca el alma.

Dios es esa necesidad de huir de lo que vivimos, de lo que hemos aceptado como bueno, sabiendo que es perjudicial y malo, es esa mano que nos detiene en el mismo instante en que queremos lanzarnos al vacío y terminar así con nuestro infierno.

Dios es esa llamada que nos llega cuando todo está perdido, es esa ayuda que nos entrega alguien que ni siquiera conocemos, Dios es esa fuerza que une y repara los pedazos rotos de nuestro ser, de nuestra vida.

Dios es lo que buscamos y lo que negamos, es lo que dejamos y olvidamos, es esa persona que nos hirió de tal manera que no queremos recordarla.

Dios está en nuestro vacío, en la soledad y la tristeza, en nuestra desilusión y frustración, porque sólo de esta manera, toca nuestro corazón y puede reiterarnos su amor incondicional y ofrecernos su mano de protección inmensa.

Te invito a reconocer, ya al finalizar este año de pesares, que Dios es amor en tu desamor, compañía en tu soledad, provisión en tu escasez, paz que extingue tu culpa, que te da calma y sosiega.

Quizá no lo reconozcas, porque lo has buscado precisamente donde nunca se encuentra, porque está dentro de ti y vive en ti.

Dios es ese palpitar de tu corazón, es la armonía de tu cuerpo que te mantiene vivo, es cada hálito de respiración, cada vibración de tu ser, cada movimiento, cada reflejo.

Es tu mirada hermosa cuando amas.

Es la alegría y el regocijo que sientes cuando sirves.

Es la humildad que te levanta cuando perdonas.

Es la grandeza que te eleva cuando no tienes fuerzas.

Es lo más hermoso que sientes, que expresas: eso es Dios y está precisamente al alcance de tus anhelos, de lo que esperas, de lo que sueñas.

Dios está tan cerca, que respira contigo y vive ahora, en este instante en Ti.

En este año de pesares que pronto termina y en este nuevo año de esperanza será Dios nuestra única opción, nuestro único camino.

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