El suicidio en médicos

A Joaquín lo querían los funcionarios que laboraban en la institución de salud mental donde era atendido, lugar al cual a lo largo de más de 10 años entró y salió con relativa frecuencia (tres o cuatro veces al año). Cuando se estabilizaba de sus crisis mentales, regresaba a su hogar: la calle. Para él todos nosotros constituíamos su familia porque, además de la atención, le regalábamos ropa y uno que otro regalo que le daba un toque de alegría a su vida. Durante la última hospitalización, falleció como consecuencia de varias alteraciones orgánicas. Al día siguiente de este suceso doloroso para todos los empleados de la institución, se presentó en actitud agresiva una señora que decía ser su madre; otra, que era la supuesta esposa; y tres adultos, dizque sus hermanos. Me llamaron asesino. Manifestaron que la muerte de Joaquín era una pérdida irreparable porque todos dependían de su trabajo, y agregaron que ya habían consultado un abogado para que les dieran una compensación económica para resarcir tanto sufrimiento psicológico y emocional.

Muchos días lloré en lo más íntimo de mi soledad; me preguntaba de qué habían servido los años de formación y la lucha que siempre he liderado para mejorar las condiciones de vida del enfermo mental en Colombia. Me cuestionaba igualmente, de qué me había servido todo si iba a terminar tildado de asesino y enfrentado al escarnio de la sociedad, de los abogados demandantes y de sus representados.

Traigo a colación este relato para dar continuidad a la reflexión que inicié en la columna anterior, en la cual analizaba por qué los médicos tienen un riesgo muchísimo mayor de suicidio que la población general. La parte genética, el vernos enfrentados al dolor y a la muerte de nuestro semejante, eran algunos de los factores de riesgo. En este artículo quiero exponer las circunstancias sociales, que tienen profundas repercusiones en su salud mental.

El ejercicio de la profesión médica en Colombia se ha ido pauperizando: está sometido a las exigencias de un sistema de salud que a todas luces es perverso, que dispone cada vez con más recursos económicos que terminan a través de la intermediación en manos de la corruptela que campea en la Nación; está sometido al imperio de las EPS, que contratan con las IPS (los prestadores) que ofrezcan precios más económicos y que estén dispuestas a recibir los pagos –cuando lo hacen– 9 meses después de haber prestado el servicio. Y estos mismos prestadores explotan al médico, que se encuentra en el lado más débil de la cadena. Los médicos no somos asesinos, somos seres que sienten, y nuestra misión es ayudar a los semejantes a paliar el sufrimiento.   

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