Dolor planetario

El martes 30 de junio del 2020, al despertar, recibí una noticia que me sumió en una profunda tristeza y, además, me planteó de manera inmediata el gran interrogante sobre la finitud de la existencia de todos los seres vivos. En Barranquilla, dos personas cercanas a mis afectos habían fallecido por la acción del coronavirus: una madre y su hijo. Ella murió sola, aislada y conectada a máquinas impersonales, alejada de lo único que da sentido a una vida humana: el contacto con sus semejantes y, especialmente, con los seres que la han acompañado y han llenado de sentido su tránsito vital. Esta situación trasladó mi pensamiento hacia lo que está sucediendo en el mundo y en el país con respecto al número de infectados, de muertos, del manto de dolor que ha cubierto toda la geografía planetaria.

Veamos, al 1 de julio del 2020, el número de afectados por la Covid-19 en el mundo alcanzó la cifra de 10’700.000, con un total de 517.000 muertos. En Colombia, ese mismo día llegamos a los 102.009 afectados y a los 3.470 fallecidos. Estos números no revelan el dolor que cada una de estas personas ha experimentado y, por supuesto, tampoco el sufrimiento y el gran vacío que ha quedado en sus familiares y seres cercanos. El mundo entero está viviendo una etapa de gran sufrimiento, y a ello se agrega la incertidumbre y el padecimiento por la pobreza, el hambre, la pérdida de empleo, que en al país, según las cifras más recientes del DANE, alcanzó un récord en el mes de mayo de 21.4%. Los indicadores psicosociales y económicos han ido empeorando con el paso del tiempo, y bien lejana que sí están las posibilidades de recuperación, lo cual seguirá teniendo una profunda influencia en la percepción de seguridad y bienestar de las personas.

El Buda, que nació hace aproximadamente 2583 años en la ciudad de Lumbini (en la actual república de Nepal), dejó a la humanidad un mensaje que sigue teniendo vigencia y que me permite apoyar la siguiente reflexión sobre lo que está viviendo actualmente nuestro planeta. Él dijo: “Donde hay un ser vivo en sufrimiento, también sufre mi alma”. El dolor de los sobrevivientes, de las personas fallecidas en Barranquilla y de los más de 500.000 muertos en el mundo, debe ser el dolor de todos los que habitamos el planeta Tierra. Nuestra casa terrestre también sufre porque es un ser vivo. Este dolor colectivo nos debe llevar a la conclusión de que es necesario estar unidos y ser solidarios con tantas personas que están padeciendo, pues este hecho debe constituirse en nuestro sufrimiento individual. Solo entre todos saldremos adelante de esta contingencia que estamos viviendo.

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Uriel Escobar Barrios

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