• Cuando la realidad duele

    Uriel Escobar Barrios / Opinador

    Una de las características distintivas del ser humano es la facultad para ser consciente de sus actos, lo cual desarrolló a lo largo de su proceso evolutivo como especie animal. Esto tiene aspectos positivos, como  dirigir las acciones a sabiendas, en la gran mayoría de los casos, de cuáles serán los resultados derivados. Pero no todo es perfecto, como lo dice la vieja usanza; también tiene aspectos negativos, como lo es conocer la finitud de la vida, el dolor que generan los traumas, las enfermedades y el sufrimiento, como parte de   la cotidianidad de la existencia. A propósito, el 10 de septiembre de todos los años, a instancias de la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) y de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. En el 2022 el lema bajo el cual se desarrollaron las acciones en los 193 países miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) fue “Crear esperanza a través de la acción”.

    ¿Por qué se le da tanta trascendencia mundialmente al suicidio? Porque este es uno de los indicadores más sensibles que muestra a nivel de la salud pública cómo se encuentra el estado de salud mental de la población, y las cifras sí que son contundentes: en el 2019 se suicidaron en el mundo cerca de 800.000 personas, de las cuales un 79 % eran hombres y un 21 % mujeres; y esta se ha convertido en la tercera causa de muerte entre jóvenes de 20 a 24 años. El último informe de la OMS, publicado en julio del 2022, muestra que en los dos últimos años, por la pandemia de la Covid-19, se acentuó hasta en un 25 % los trastornos mentales en la población general. Lo que sucede en Colombia es una radiografía de lo que acontece a nivel global: según Medicina Legal, en 2021 se registró el mayor número de muertes debidas al suicidio desde que se está presentando este indicador: fueron 2.962 casos, ¡y hubo 22.834 personas que intentaron acabar con su vida!

    En el ejercicio clínico he tenido la oportunidad de acompañar a gente con ideación suicida; algunos de esos pacientes tomaron la fatal determinación de acabar con sus vidas. También he ayudado a sus familiares en la elaboración de esta pérdida, y la conclusión a que he llegado concuerda con lo expresado por otros profesionales y por publicaciones científicas: la persona que se suicida experimenta un profundo sufrimiento psíquico, y con su partida produce en quienes sobreviven, en este caso sus seres queridos, una serie de sentimientos dolorosos como la culpa por no haber podido hacer más para evitar el desenlace o proyectar en otros miembros de la propia familia esta responsabilidad. La experiencia humana de desarrollarse en un mundo competitivo y que ofrece cada vez menos posibilidades para encontrar un propósito de vida hace que muchos individuos tomen la decisión de poner fin a su existencia terrena. Orientar la vida al ejercicio de la compasión y el amor hacia sí mismo y los semejantes es un potente antídoto para encontrar un sentido a esta fascinante experiencia de vivir. www.urielescobar.com.co

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