
Por increíble que parezca lo primero que hace este hombre después del ritual de la levantada en las mañanas, es precisamente ir a un cuartico azul a observar casi extasiado y con alma de niño cómo están sus avioncitos…
Por: JOHN JAIRO POSADA CASTAÑO
Lo conocí una mañana primaveral, en la que su compañera de la vida Clemencia Mejía Trujillo, me invitó al sector de Combia en Pereira a una inusual pista improvisada en un potrero vetusto, en donde primero había que madrugar a espantar vacas, podar el césped y tener condiciones climáticas favorables para que los devotos del aeromodelismo pudieran colocar a volar sus avioncitos casi de papel y de ilusiones.
Es el “cachaco” José Manuel Campuzano Barriga, y aunque ha tenido estruendosos aterrizajes como el de su último apellido, no se cansa de confesar que desde niño su pasión era precisamente volar.
Lo cierto es que de una tres horas que duró nuestro encuentro periodístico para RISARALDAHOY.COM, se gastó el 90 por ciento de la conversación, hablando de aeromodelismo, drones, inventos caseros, ensayos frustrados con motores inventados, avioncitos destrozados y otros minutos eso sí, narrando las peripecias de exitosos planes de vuelo y aterrizaje feliz.

Amarillo, rojo, blanco, es el color de las navecitas, la emoción de plantarlos en una mesa, armarlos, cargar combustible, prender el control remoto, el ritual del profesional o el aficionado es rutinario, pero lleno de una extraña energía de esta especie en vías de no extinción de tal vez originales pilotos profesionales pero frustrados de la vida por no tener en su manos un timón de un Jumbo, un Jet o una avioneta.
Pero quienes encontraron en el arte del aeromodelismo como descubrir lo más grande de sus caprichos y llevarnos a vivir esta magnífica experiencia, de volar…sin volar…
Parodiando a Kafka, este ex empleado bancario, tuvo desde los doce años un grupo de niños prestó en Bogotá un motorcito, montarlo en un modelo casi de papel, pasta y con gasolina como elementos indispensables para verlo atravesar desde el barrio Modelo donde vivían, hasta “coronar” el espectro del Templete Eucarístico y observar extasiados como el aire se tragaba al aparatico mientras parecía coquetearle a las frías nubes de la capital colombiana.
Fue también inmigrante latino en los Estados Unidos, dejó un rato su afición, se casó, volvió con la afición, pero ahora más de 50 años después la ha retomado en forma definitiva y de qué manera pues su hobby de vida es decir volar avioncitos de pasta y Drones algo costosos.
Y es que estos vehículos aéreos no tripulados enganchan a cualquiera, asistimos en el área rural de Pereira a competencias, ensayos, muestras gratis de clases de vuelo y luego me invitan a otro paseo.
Entonces, Salento la cuna del paisaje cultural cafetero se vuelve el escenario ideal en la bella estancia Talaki, para probar el ultimo capricho de José Manuel: un moderno Dron blanco de tamaño algo asustador y hasta compleja ingeniería mecánica, para colocarlo a surcar los albores de la palma de cera y elegir yo un objetivo: una casita campesina a lo más alto del Valle de Cócora que parece imposible de lograr…
Él nos sonríe de forma picara, como si anticipara emocionado de que su vuelo será un éxito y los fantásticos retratos aéreos que logra la cámara integrada a la navecita , por lo que no tenemos más remedio que destapar una botella de Whisky “Grants”, poner la parrilla y celebrar con un asado de aeropuerto improvisado el éxito de la jornada.
Todavía flota en el ambiente el recuerdo anecdótico del primer avión que era de tres amigos, y ahora con su propia flota “chicanea” en Pereira la forma empírica en la que aprendió a hacer aviones mirando, leyendo, preguntando y recordando las idas y venidas a “Britania”, el primer gran almacén de la manzana neoyorkina, que visitaba como un ser humano goloso y empecinado en que algún día este sería su modo de vida…

Y en efecto hoy lo es, José Manuel es al unísono un hombre de muy pocas palabras y amigos, pero metódico, organizado, con agenda y brújula propia del destino, solo añora en el fondo el sonido de unas guitarras mexicanas, un bolero de salsa, las tertulias selectas de conocidos, y montar su parafernalia de pasta y gasolina, para que veamos gratis su show aéreo.
Las fotos que acompañan esta crónica lo dicen casi todo, nunca antes mis palabras escritas se quedaron escasas, para ilustrar esta fascinante experiencia de arañar el cielo, con centímetros de ilusión, talento, para presenciar en vivo y en directo la original pericia de genios…
Y claro hace rato que no jugábamos a ser niños, pero con las ilusiones multicolores volando muy cerca del cielo…a centímetros del infinito y con estos curiosos “Boeing” de sueños y placer de vida…



