
Por: NELLY MUÑOZ JARAMILLO
A María Antonia la conocí a través de una hermana Laura, que alguna vez me contó que una humilde mujer en Pereira vendía muñecas y pequeñas artesanías y así en algo mitigaba su extrema pobreza.
Hoy, después de varios años, María Antonia es tal vez una de las pereiranas más indefensas de la ciudad. Se le ve regularmente en el centro, es una anciana temerosa y muy pausada al caminar, casi ciega, que transita un lugar lo sabemos, atiborrado, inhóspito e inseguro. Ella en permanente súplica, aquí y allá estira su delgado brazo para que alguien se compadezca y le de limosna, que más tarde traducirá en alimento y tal vez en pago de una humilde habitación para el descanso.
Extremadamente delgada, frágil e indefensa en María Antonia se advierte el riesgo social. Desnutrición, enfermedad, desamparo, tristeza y una debilidad tal que la hace más vulnerable al transitar por una ciudad antiguamente solidaria, hoy impregnada de los afanes de la vida moderna y de una implacable y dolorosa indiferencia.
Señor Alcalde, autoridades porqué a María Antonia y a todos aquellos seres como ella ancianos, altamente frágiles el Municipio no les brinda protección, para que sus escasos días sean menos atormentados. La penuria causa dolor pero en un anciano, atraganta. Detrás de cada ser humano, hay una historia y muy seguramente la de María Antonia está llena de vicisitudes, su rostro habla de una vida difícil, tortuosa.
En éste instante es un “velerito” sin rumbo, una luz que se apaga lentamente, en un paisaje oscuro, de peligro e incertidumbre. Está en manos de Dios. Y es precisamente frente a su casa donde implora ayuda. Pereiranos brindémosle un albergue decente a quien personifica el desamparo. De no atenderla pronto, María Antonia morirá en la calle.



