Por: ÁLVARO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ /
Mientras el país atolondrado asiste a la vocinglería de egos del notablato nacional, crecen las cifras de la crueldad de la guerra.
Por un lado, el Procurador, el Fiscal, los ex presidentes que mucho tienen que ver en el desangre nacional y hoy se recriminan en público igual que los partidos políticos, se instalan en el escenario del “meimportaunculismo”, sin rubor alguno.
El profesor Mockus, crucificado hoy como reserva desgastada, empuja la guerra de almohadas a la que a duras penas concurren 500 personas al teatro de la desmemoria.
Todos tienen la astucia para pasar la vara nacional. Hacer piruetas en público y descender sin dificultades en una de las pistas de la tragedia nacional. Al fin de cuentas, son actores del realismo mágico, de las imposturas y de la indiferencia. Es el alucinante mundo que han atado en los contenidos que hoy leemos los colombianos. Ellos son los del historial de la crisis. Igual que las mal llamadas bandas delincuenciales organizadas (bacrim) o la guerrilla, los paramilitares, los empresarios que asaltan bajo la etiqueta de carteles…
Existe una gran desconfianza Nacional. Poco hacemos por interesarnos por tratar de comprender los avances de los acuerdos o del proceso de La Habana. No hacemos públicos desde los Medios para traducir esa paralingüística para entender esos momentos, relatos o narraciones que fluyen. Pocos hacemos como forjadores de opinión para consolidar públicos o audiencias. No hay conversación ciudadana, tertulias, pedagogía para acercarnos al proceso y dejar de mirarlo por una ventana o puerta oscura que enceguece y horroriza.
Mucho menos generamos espacios de divulgación, programas lúdicos, formas comunicacionales que estimulen un interés colectivo.
Como dijo alguien en el encuentro promovido por la UTP en la escuela del eje por la paz desde la red de comunicadores para conversar y comprender los acuerdos: hay que quitarle la pedagogía de la paz al gobierno. Hagámosla nosotros, la ciudadanía, los colectivos, las asociaciones, las juntas comunales, la academia, el país rural, el ciudadano culto e iletrado, las organizaciones sociales.
En los cuadernos del gobierno, en las estadísticas oficiales, las cifras están: 8 millones de víctimas del conflicto armado. 220 mil homicidios. 13 mil víctimas por la violencia sexual, 45 mil desapariciones forzadas, 74 mil víctimas en población vulnerable, 30 mil víctimas del secuestro, 11 mil víctimas de las minas antipersonas, 7 mil producto del reclutamiento forzado, 2.500 ejecuciones extrajudiciales, 2.000 masacres, 9 mil víctimas del despojo o abandonos forzados de tierra, 10 mil víctimas de la tortura.
Este horror, no se puede seguir mirando como estadística. Como paisaje del dolor y el drama que hemos cargado en este país. No puede caer en una Colombia delirante por redes sociales en una carrera por hacerse a la desinformación.
No podemos tener una Nación donde no se le cree a Santos o a la guerrilla. O, al Presidente que perturba la credibilidad e incendia.
La participación política la arrastramos con desprecio mientras los muertos siguen en las urnas y el poder glotón de la plata, sigue comprando elecciones. Los Derechos de las Víctimas las hacemos metodología y negociación, así no exista verdad, justicia y reparación.
Falta discusión social es cierto para meterle pueblo y política en la refrendación de la agenda de 6 puntos para la terminación del conflicto.
Como lo señalan en la revista Común Acuerdo, en la Habana no se está construyendo paz, allá se está negociando el fin del conflicto armado.
Es clave para comprender la transformación cultural que requerimos con urgencia.


