¿Control o descontrol del Estado?

Lo recibió como si fuese el nuevo embajador de la India. Plutarco nunca había sido atendido en una lujosa oficina con la ceremonia y amabilidad de un funcionario de tan alto nivel gubernamental. Llegó a su cita, acompañado de su amigo y líder pesquero, Juvenal Márquez. Ambos habían salido de su tierra con la intención de denunciar las irregularidades presupuestales, contractuales y abusos de la actual administración del municipio de Ciudad Perdida. 

-¿Cuénteme, que lo trae por aquí? _ preguntó el Contralor Zuñiga con una leve mirada inquisitiva.

-El desastre administrativo que estamos viviendo en nuestro municipio _ respondió Plutarco, un poco nervioso. Se están robando todo, enfatizó.

-¿Tiene las pruebas?

-Si, señor. Aquí traigo este memorial con toda la información detallada. Y le hizo entrega de un sobre lleno de papeles debidamente clasificados.

-Gracias. Respondió el Contralor haciendo una ligera mueca de concentración mental apuntando su boca hacia la documentación que organizaba entre sus manos con mucho interés de investigador.

-¡No joda! ¡No joda! Esto que me escribe usted es gravísimo. Vamos a tomar las medidas que el caso exige pues no estamos dispuestos a tolerar ningún acto de corrupción en esta región, dijo el Contralor Zúñiga, con un semblante de gravedad emocional. Y cuente con todo mi apoyo pues mi lema como autoridad de control es actuar bajo el principio señalado en el artículo 209 de nuestra Constitución Política. Tenga fe.

-Gracias, señor Contralor.

Dos meses después corría el rumor en todo el pueblo que el alcalde había sorteado con éxito esta investigación con el pago

de más de cien millones de pesos, dinero que recogió entre sus amigos contratistas pues ya se veía venir la decisión del organismo de control con una medida de suspensión bajo el principio de “verdad sabida y buena fe guardada”.

Tres meses más tarde, soplaban las brisas de fin de año cuando una mañana antes de la salida del sol, Plutarco Manjarrez partió con su familia con rumbo desconocido, ante las amenazas que frecuentemente recibía en papeles torcidos lanzados por debajo de la puerta de su casa. Sólo llevaba el recuerdo de la figura elegante del funcionario de control y en sus oídos, la frase lapidaria con que lo despidió: ¡Tenga fe!.

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