OPINIÓN / En mi interior no ha dejado de temblar

“Doctor, yo no voy a volver a esa oficina”. Eucaris tiene 27 años y lo dice con una convicción que nace del miedo. Trabaja en el último piso de uno de los edificios más altos de Pereira y, desde el terremoto del 10 de agosto, siente que aquel lugar dejó de ser su sitio de trabajo para convertirse en una amenaza. Ella ya venía a consulta de Psiquiatría por dificultades para regular sus emociones.

Cuando algo no sale como espera o alguien cercano la contradice, puede gritar, llorar y experimentar palpitaciones, sensación de falta de aire e intensa inquietud corporal. Pero después del sismo apareció un temor diferente. Su jefe, comprensivo, le permitió trabajar virtualmente durante un tiempo. Sin embargo, tras dos semanas debía regresar. “Aunque me encanta lo que hago, no voy a volver. Para mí el temblor no ha pasado; lo sigo sintiendo casi con la misma intensidad. ¿Qué hago entonces, doctor?”. Después de un breve silencio, el terapeuta le planteó que, si las condiciones de seguridad estaban garantizadas, sería necesario trabajar para recuperar progresivamente la posibilidad de regresar.

La diferencia no es menor. No se trata de obligarla a volver ni de decirle que “no pasa nada”. Tampoco de ignorar un riesgo físico. Antes de cualquier retorno deben existir las verificaciones técnicas correspondientes y cumplirse los protocolos de seguridad. La exposición terapéutica solo tiene sentido si el peligro objetivo ha sido descartado o adecuadamente controlado. Cuando una persona vive un acontecimiento amenazante, el cerebro activa sus sistemas de alarma; participan estructuras como la amígdala, el hipotálamo y el sistema nervioso autónomo. El organismo aprende a reconocer señales asociadas con el peligro y puede continuar respondiendo como si la amenaza estuviera presente, aun cuando esta haya desaparecido. Por eso Eucaris no está “inventando” su miedo: su cuerpo realmente siente que algo puede ocurrir. El problema aparece cuando el sistema de alarma permanece encendido demasiado tiempo.

Aquí encontramos una antigua enseñanza del estoicismo: no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que no podemos controlar. Aceptar la realidad no significa resignarse ni negar los riesgos; significa distinguir entre un peligro comprobable y el temor anticipatorio que mantiene al cerebro en estado de alerta. Si el edificio es seguro y su equipo tratante considera apropiado el proceso, Eucaris podría iniciar un retorno gradual, ajustado a sus necesidades. Respirar conscientemente, reconocer pensamientos catastróficos, tolerar las sensaciones corporales y permanecer progresivamente en el lugar pueden ayudar a que su cerebro construya una nueva asociación: “Puedo estar aquí y estar a salvo”. Porque sentir miedo no significa necesariamente estar en peligro. Pero tampoco debemos llamar ansiedad a un peligro real. Quizás el terremoto terminó aquella mañana, pero en el interior de Eucaris todavía continúa temblando. La recuperación no consiste en demostrar que no tenemos miedo. Consiste en recuperar, paso a paso y con seguridad, la libertad que el miedo nos había quitado.

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