OPINIÓN / Cuando se rompe la ilusión

Desde marzo, Maritza, de 57 años, llevaba dentro una pequeña fiesta. Su hijo Andrés le había regalado un tiquete de avión para viajar a Sevilla, España. Hacía cinco años que no lo veía. Cinco años desde que él había partido al extranjero con la esperanza de ayudarla a conseguir una casa propia y ofrecerle mejores condiciones de vida. Durante meses, Maritza construyó en su imaginación aquel reencuentro. Pensaba en los alimentos que prepararía para su hijo, en las conversaciones pendientes, en los lugares que conocerían juntos. No era solamente un viaje: era la promesa de recuperar, aunque fuera por un mes, cinco años de abrazos aplazados. Pero el 10 de agosto, mientras hacía fila para el check-in en el Aeropuerto Internacional Matecaña de Pereira, hubo un terremoto y la estructura superior del techo se desplomó y terminó con su vida. A veces la existencia cambia de página sin avisarnos. La tragedia nos enfrenta, entonces, con una verdad que solemos olvidar: vivimos haciendo planes para un futuro que nunca nos ha sido garantizado.

El budismo llamó anicca a la condición de impermanencia. Todo cambia: los encuentros, las separaciones, la salud, los proyectos y también nosotros mismos. Los estoicos comprendieron algo semejante. Asimismo, Marco Aurelio aconsejaba recordar que no somos dueños de los acontecimientos, aunque podemos intentar gobernar nuestra respuesta ante ellos. No se trata de resignación, sino de aprender a vivir distinguiendo lo que podemos transformar de aquello que no podemos controlar. Viktor Frankl llevó esta reflexión al territorio más profundo de la existencia: después de experimentar circunstancias extremas, sostuvo que incluso cuando una persona pierde muchas de sus posibilidades externas, permanece la capacidad de encontrar un significado. El sentido no borra el sufrimiento, pero puede impedir que el sufrimiento sea lo último que hable sobre nuestra vida. Carl Gustav Jung, por su parte, nos recordó que la vida psíquica también atraviesa procesos de transformación. Las crisis pueden quebrar las imágenes que teníamos del mundo y obligarnos a encontrarnos con dimensiones de nosotros mismos que permanecían ocultas.

En ese orden de ideas, una tragedia colectiva no solamente afecta a una ciudad: también puede sacudir su imaginario, su sensación de seguridad y su confianza. Desde la Psiquiatría sabemos que después de una catástrofe pueden aparecer miedo, tristeza, insomnio, ansiedad, irritabilidad o sensación de irrealidad. Son respuestas humanas frente a una experiencia que altera bruscamente la percepción de seguridad. Por eso, después de reconstruir edificios, también debemos reconstruir vínculos, confianza y esperanza. La historia de Maritza duele porque podemos reconocernos en ella: todos tenemos un viaje pendiente, una llamada que aplazamos, un abrazo que creemos podremos dar mañana. La impermanencia no nos invita a vivir con miedo, sino más bien con presencia. No podemos saber cuánto durará el camino, pero mientras caminamos, todavía podemos elegir amar, agradecer, perdonar, acompañar y decir lo que importa. Porque algunas veces la vida rompe la ilusión, y precisamente entonces comprendemos cuánto valía.

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