OPINIÓN / ¿Qué te respondió Dios?

Rebeca llegó a la consulta con el alma rota y la voz entrecortada, confesando de entrada que ya no era capaz de salir adelante sola por más de que lo hubiera intentado. A sus treinta y un años, el dolor no era un visitante nuevo. A los cinco meses de nacida, un cáncer en el rostro y la consecuente cirugía le dejaron secuelas imborrables. Creció bajo el peso implacable del estigma, las miradas furtivas y el acoso escolar, aunque con los años aprendió a convivir con esa cicatriz externa. Hace cuatro años, la vida pareció resarcirla al poner en su camino a un compañero maravilloso con quien construyó un hogar cálido y un modesto negocio, que era su sustento. Sin embargo, el fatídico 10 de agosto de 2026, la tierra rugió con violencia. En cuestión de segundos, la hecatombe se llevó su apartamento, su fuente de ingresos y, lo más devastador, la vida de su compañero. Ante tanta ruina, Rebeca, aferrada a su profunda fe y a los mensajes que siente que él le envía para alentarla a seguir luchando, miró fijamente al terapeuta y lanzó el cuestionamiento que carcomía su pecho: amado Padre, ¿por qué otra prueba más? ¿Qué quieres probar en mí? Tras un profundo silencio, el profesional le devolvió un interrogante transformador: «¿Qué te respondió Dios?». Ella confesó que aún no lograba comprender la respuesta, y que el motivo principal de su visita era aprender a escuchar e interpretar ese mensaje.

Desde la óptica de la Psiquiatría y las ciencias de la mente, el sufrimiento tan agudo de Rebeca no representa un designio punitivo ni un misterio inescrutable, sino el impacto de la adversidad acumulada sobre la arquitectura cerebral y la resiliencia humana. Cuando la tragedia golpea de manera implacable, la mente busca instintivamente un sentido causal para calmar el caos emocional. Sin embargo, el verdadero proceso de sanación comienza cuando la persona logra transitar del porqué al para qué, permitiendo que el dolor deje de ser una condena y se convierta en una oportunidad de reorganización interior. Comprender por qué suceden estas tragedias requiere mirar más allá de los dogmas y adentrarse en la naturaleza de nuestra vulnerabilidad. La vida está expuesta a contingencias físicas y ambientales ajenas a cualquier mérito o castigo moral, lo que nos recuerda una fragilidad constitutiva que a menudo nos aterra.

Asimismo, ante un trauma severo, el cerebro activa un sesgo de atribución en el duelo, intentando así dotar de intencionalidad a la desgracia para tratar de negociar con el dolor. Cuando se acumulan eventos adversos desde la infancia, el sistema de respuesta al estrés se agota con mayor facilidad, haciendo que cualquier pérdida posterior requiera un andamiaje de apoyo profesional. Finalmente, la espiritualidad y la fe actúan como potentes recursos neurobiológicos que regulan las emociones; aprender a escuchar en la quietud no significa hallar una justificación racional al horror, sino descifrar en el silencio la fuerza indispensable para reconstruir los fragmentos de la existencia.

www.urielescobar.com.co

¡Compartelo! 😃
Scroll al inicio