La maleta está casi lista. Ingrid ha tomado una decisión que, hasta hace poco, habría considerado impensable: abandonar Pereira, la ciudad a la que regresó después de 25 años en Estados Unidos, con la ilusión de reencontrarse con sus raíces y seguir haciendo crecer su negocio. Pero desde el sismo del 10 de agosto, algo cambió dentro de ella. La tierra dejó de ser un lugar firme y su propia mente se convirtió en territorio de incertidumbre. Ahora vive pendiente de cualquier ruido, de cada vibración, de cualquier señal que anuncie una nueva amenaza. Las noches se han convertido en largas horas de insomnio y angustia. El cansancio la acompaña durante el día, le tiemblan las manos y concentrarse en su trabajo parece una tarea imposible. En su primera consulta con el terapeuta, su voz reflejaba agotamiento y desesperanza: «Me voy de esta ciudad. No soy capaz de estar tranquila. Mi mente no deja de preguntarse cuándo va a temblar otra vez. Desde siempre me da pánico todo lo que no puedo controlar». Ingrid no solo teme que la tierra vuelva a moverse; teme vivir a merced de algo que no puede predecir, evitar ni controlar. Y en ese temor se esconde una pregunta profundamente humana: ¿cómo encontrar tranquilidad cuando no tenemos garantías de que nada malo sucederá?
Después de un acontecimiento sísmico, estas respuestas pueden persistir El cerebro, intentando protegernos, permanece atento a cualquier señal que interprete como amenaza: un ruido, una vibración o incluso un pensamiento pueden despertar nuevamente la alarma. La incertidumbre alimenta la anticipación catastrófica: no ha ocurrido otro sismo, pero la mente vive como si pudiera suceder en cualquier instante. En Ingrid, además, parece haber una dificultad previa para tolerar la incertidumbre. Cuando necesitamos dominar cada circunstancia para sentirnos seguros, cualquier situación imprevisible puede convertirse en una fuente intensa de ansiedad. Intentar anticiparlo todo, paradójicamente, termina agotándonos. La privación del sueño, a su vez, dificulta la regulación emocional, la concentración y la capacidad para evaluar los riesgos con serenidad. Entonces, ¿qué podemos hacer cuando el miedo a lo imprevisible comienza a gobernar nuestra vida?
Primero, reconocer lo que sentimos sin juzgarnos. Sentir miedo después de un sismo no es cobardía ni debilidad. Segundo, diferenciar peligro real de peligro anticipado. Consultar fuentes oficiales sobre las condiciones de seguridad y seguir las recomendaciones de las autoridades permite actuar responsablemente, sin convertir cada sensación corporal en una señal de catástrofe. Tercero, recuperar el presente. Respirar lentamente, sentir los pies sobre el suelo y observar conscientemente el entorno puede ayudar a disminuir la activación fisiológica. Practicarlo regularmente favorece la autorregulación. Mantener horarios, reducir la cafeína y evitar revisar constantemente las redes sociales puede disminuir la activación y facilitar el descanso. La vida nunca nos garantiza el control absoluto; no se trata de negar los riesgos, sino de aprender a vivir sin que la posibilidad de una amenaza ocupe todos los espacios de nuestra existencia.


