OPINIÓN / En la mirada se refleja el mundo interior

Hay personas que sonríen con los labios mientras sus ojos permanecen en silencio. Otras intentan convencernos de que todo está bien, pero la tristeza se ha instalado de tal manera en su mirada, que ninguna palabra consigue ocultarla.

Los ojos poseen una honestidad que pocas veces tiene el lenguaje, quizá por eso los antiguos decían que son las ventanas del alma. Hoy, las neurociencias empiezan a demostrar que aquella antigua metáfora encerraba una profunda verdad biológica. Por ejemplo, hace algunos días entró a mi consultorio Graciela, una mujer de 56 años que desde hace varios recibe tratamiento. Antes de saludarla le dije: «Parece que has estado muy triste». Me observó con asombro y preguntó: «¿Cómo pudo saberlo?». Le respondí casi instintivamente: «Porque hoy tu mirada ha perdido la luz». Bajó la cabeza y me dio la razón: «Sí, doctor. Mi vida también se apagó». No era un acto de adivinación; era el resultado de escuchar aquello que no se pronuncia. Quienes dedicamos nuestra vida a acompañar el sufrimiento humano aprendemos que el dolor rara vez llega solo en las palabras. También habita en el tono de la voz, en los silencios prolongados, en la respiración contenida, en los hombros vencidos y en unos ojos que parecen haber renunciado a contemplar el horizonte.

Las investigaciones muestran que el cerebro expresa los estados emocionales mediante complejas redes que involucran el sistema límbico, la corteza prefrontal y los circuitos responsables de la comunicación no verbal. Al mismo tiempo, las llamadas neuronas espejo permiten que otro cerebro reconozca, casi instantáneamente, el sufrimiento que observa. La empatía no es únicamente una virtud moral; también constituye una capacidad profundamente inscrita en nuestra biología. Sin embargo, la ciencia solo ha comenzado a poner nombres a intuiciones muy antiguas. Carl Gustav Jung sostenía que aquello que no hacemos consciente termina gobernando nuestra vida y acabamos llamándolo destino. Tal vez por eso hay personas cuya mirada parece llevar el peso de heridas que nunca fueron nombradas. No son únicamente los acontecimientos los que dejan cicatrices; también lo hacen las emociones reprimidas, los duelos inconclusos y las historias que permanecen encerradas en los rincones más profundos de la psique. Mucho antes que Jung, Buda había propuesto que «si quieres cambiar el mundo, comienza por cambiar tu mundo interior»; con ello no invitaba a ignorar la realidad, sino a transformar la manera de habitarla.

La Psicología ha recorrido un camino semejante. Rafael Bisquerra recuerda que la educación emocional consiste en aprender a reconocer lo que sentimos antes de que las emociones terminen gobernando nuestras decisiones. Por su parte, Aaron T. Beck demostró que la tristeza persistente suele alimentarse de pensamientos automáticos que convierten las dificultades en derrotas definitivas. De pronto, por eso la recuperación emocional rara vez comienza con un cambio de circunstancias. Empieza cuando alguien decide reconciliarse consigo mismo. Porque la mirada nunca miente, en ella se refleja, con una fidelidad conmovedora, el estado de nuestro universo interior.

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