El egoísmo genera violencia

En la columna anterior hice referencia al caso de Jessy Paola, la joven mujer que sintiéndose incapaz de seguir viviendo por las presiones del medio social en el cual vivía, decidió terminar con su vida y con la de su pequeño hijo de 10 años. Este hecho causó un gran impacto a nivel nacional –que pasará muy rápidamente ante la presencia de nuevos acontecimientos de igual o peor magnitud-. Después de esta tragedia, un periodista radial me llamó para preguntarme qué pensaba yo de alguien que no solo se suicidaba, sino que mataba al ser que, se supone, más puede amar una mujer. Y acotó: “¿Qué puede pasar en la mente de una persona que realiza este acto?”. Sin conocer aún los desencadenantes, traté de explicarles a los oyentes las motivaciones psicológicas que puede tener una persona para suicidarse; y al final de la intervención, lancé la siguiente pregunta:


¿Qué pasa en una sociedad en la cual cada vez más individuos buscan el suicidio como la única posibilidad para enfrentar los desafíos de su existencia? Indagando más sobre las motivaciones que tuvo Jessy para tomar esta decisión, encontré que su situación económica insostenible la forzó a esta determinación. Ella representa –y quiero insistir en esta apreciación– las dificultades que vive la abrumadora mayoría de colombianos, que observan en su día a día a un Estado indolente con el bien más preciado que puede tener una sociedad: su gente. No se puede medir la prosperidad o el éxito de un Gobierno por indicadores de crecimiento económico, como se suele hacer. Quienes defienden esta postura dicen que a mayor riqueza, esta se irradia a mayor población. Por lo menos en nuestra nación, esa lógica basada en el economicismo no funciona, porque observamos que la riqueza queda en manos de cada vez menos personas.

¿Pero qué se puede esperar de un país donde el máximo ejecutivo de las finanzas públicas expresa reiterativamente que “el salario mínimo en Colombia es muy alto; la clase media debe empezar a financiar los bienes que deseamos. Es algo que debemos resolver y con la Ley de Financiamiento estamos dando los primeros pasos”? Sin embargo, a pesar de toda esa riqueza que supuestamente acumulamos los colombianos, el Banco Mundial (en su informe del 2017) nos considera el séptimo país más desigual del mundo y el segundo en América Latina, ¡después de Haití! ¿Sabe usted, señor pontífice de las finanzas, qué genera en el país ese egoísmo de los poderosos? Violencia y descontento en franjas cada vez mayores de la población que se siente excluida y sin oportunidades.

Por / Uriel Escobar Barrios

www.urielescobar.net

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